Cuarta entrada de la serie: Donde nació mi inseguridad
Hay heridas que no sangran, pero que marcan. Algunas te atraviesan cuando aún no entiendes lo que significa querer… ni lo que duele no ser querido de vuelta. Esta parte de mi historia no es de golpes ni de gritos, sino de esos silencios que se clavan en el pecho. Esas veces en que uno se siente tan invisible, que empieza a preguntarse si realmente existe.
No hablo sólo de la adolescencia. Hablo de ese tiempo en que empiezas a soñar con el amor y, sin darte cuenta, te conviertes en el espectador de todas las historias bonitas, menos la tuya. Era ese chico que sabía escuchar, que estaba ahí para quien lo necesitara, que lo daba todo por agradar… pero nunca era el que se elegía.
Con J, mi mejor amiga de entonces, me pasó algo que me enseñó lo que era amar sin ser elegido. Yo lo sentía, lo tenía tan claro que me dolía incluso en los gestos más inocentes. Pero no era mutuo. Ella lo sabía y nunca fue cruel, pero lo cierto es que… me acostumbré a amar desde la distancia. A quedarme atrás esperando una mirada, una palabra, algo. Y así, sin saberlo, aprendí que el amor también podía doler en silencio, sin traiciones, sin dramas. Solo por no ser suficiente.
El problema es que esa lección se me quedó grabada como una ley de vida: tú eres el segundo plato, tú no eres el tipo de persona que se elige. Y ese pensamiento me acompañó durante años. En cada relación, en cada intento de acercamiento. Yo no luchaba por sentirme especial. Me bastaba con ser útil, con ser bueno. Me bastaba con que no se fueran… aunque tampoco me abrazaran con fuerza.
Fui aprendiendo a amar desde el fondo de la fila. A no pedir nunca que me escogieran primero. A alegrarme si lo hacían, pero a no esperarlo. A cuidar incluso a quien nunca me cuidó, por miedo a que si dejaba de hacerlo, me olvidaran del todo.
Y lo más triste de todo esto es que, con los años, llegué a pensar que ese era mi sitio natural. Como si amar desde el segundo plano fuera mi papel. Como si no tuviera derecho a pedir nada. Como si el amor, para mí, tuviera que ser siempre un sacrificio. Y así me pasé la vida, regalando todo lo que tenía a personas que no supieron ni siquiera abrir el envoltorio.
Lo que más cuesta es darte cuenta de esto ya de adulto. Ver cómo esa historia mal aprendida se repite una y otra vez en tu vida sin que sepas cómo detenerla. Porque no se trata sólo de inseguridad, se trata de que nadie te enseñó a creer que eras suficiente. Nadie te abrazó con tanta fuerza como para hacerte sentir único.
Hoy estoy aprendiendo, poco a poco, que el amor sano no duele así. Que no debería colocarte al fondo para luego suplicarte que te conformes. Que merezco una historia en la que yo también sea protagonista, no solo el ayudante de otros cuentos. Pero aún me cuesta. A veces, incluso con J, que ahora sí está en mi vida desde un lugar bonito y real, tengo miedo de que mi reflejo de antes me arrastre al fondo sin que me dé cuenta.
Sé que esto no se cambia de un día para otro. Pero también sé que el primer paso para dejar de amar desde atrás… es reconocer que durante años no supe hacerlo de otra forma. Y eso, aunque duela, también es un acto de amor. De amor hacia mí.
Porque hoy, por fin, empiezo a levantar la mano, a decir: yo también quiero que me elijan. Yo también quiero estar delante. Yo también merezco un amor de verdad.
Y esta vez, no voy a aceptarlo desde el fondo de la fila.
Continuará…
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