728. Donde nació mi inseguridad: Cuando aprendí a conformarme con migajas

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Quinta entrada de la serie: Donde nació mi inseguridad

No sé en qué momento exacto dejé de creer que merecía lo bueno, lo pleno, lo entero. Solo sé que, sin darme cuenta, comencé a conformarme con lo mínimo. Con un mensaje al final del día, con una caricia que parecía más una excusa, con palabras bonitas que llegaban justo cuando estaba a punto de rendirme. Aprendí a vivir con migajas, y peor aún… aprendí a defenderlas como si fueran un banquete.

Era tan constante el sentir que no era suficiente, que con el tiempo empecé a ver como normal lo que nunca debió serlo. Como si pedir que me eligieran sin dudas fuera demasiado. Como si querer ser prioridad fuera egoísta. Como si exigir amor recíproco fuera una muestra de debilidad emocional.

Desde niño fui moldeando una idea de mí mismo como alguien a quien no se ama primero. Alguien que acompaña, que cuida, que sostiene, pero que nunca es el centro de nada. Que no brilla, pero alumbra lo justo para que otros no tropiecen. Y en la adolescencia, cuando más necesitaba sentirme visto, querido, deseado… confirmé que lo que me habían hecho creer era cierto: que debía agradecer cualquier gesto, por pequeño que fuera, porque tal vez eso era lo único que iba a recibir.

Me volví experto en justificar lo injustificable. En maquillar desprecios como distracciones. En disfrazar el desinterés como libertad. En encontrarle excusas al abandono y al silencio. Era una forma de protegerme. Si minimizaba lo que dolía, no dolía tanto. Pero sí dolía. Y me iba vaciando poco a poco.

Con el tiempo, entendí que una parte de mí se acostumbró al amor a ratos. A los mensajes cuando sobraba tiempo, a las llamadas por culpa y no por deseo. Me acostumbré a que me eligieran solo cuando las otras opciones fallaban. A ser el refugio de quienes no sabían quedarse, pero volvían cuando el mundo se les venía abajo.

Y lo aceptaba. Porque creía que algo era mejor que nada. Porque tenía miedo a que, si pedía más, me dejaran sin nada. Porque había aprendido a relacionar el amor con el sacrificio, con la espera, con la paciencia infinita.

Pero hoy sé que el amor no se construye con migajas. Que no hay nada valiente en quedarse donde no se siente uno entero. Que la espera constante por lo que nunca llega desgasta más que la soledad. Y que hay batallas que, por mucho que duelan, se ganan aprendiendo a soltar.

Esta inseguridad no nació de la nada. Tiene raíces, tiene historia. Y estoy aquí para arrancarlas una a una.

Continuará…

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