No sé si alguna vez has sentido que tu sitio en la vida de alguien era tan frágil que bastó un pestañeo para que lo ocuparan otros. Que tu nombre, tus gestos, tu entrega… todo quedó archivado sin ceremonia en un rincón de la memoria, como si jamás hubiese importado. Como si nunca hubieras estado.
Así me sentí yo.
Y no, no es que no valiera, es que para algunos es más fácil huir que quedarse. Más fácil borrar que reparar. Más fácil sustituir que sanar.
Porque sí, hubo un momento en el que me sentí absolutamente prescindible. Como si cualquiera pudiera llenar el hueco que dejé, como si nada de lo que fui hubiese calado lo suficiente. Y no sabes lo que duele eso. No que se vayan, no que elijan otro camino… sino que lo hagan como si tú nunca hubieras existido, como si tu historia fuera una servilleta de papel en una noche cualquiera: usada y tirada.
Y claro que eso deja heridas. No esas que se ven, sino las que duelen cuando intentas confiar de nuevo, cuando te esfuerzas por creer que esta vez sí van a quedarse. Porque el miedo al abandono se instala en el pecho como un inquilino eterno.
Pero con el tiempo entendí algo que me salvó: no todos los que se van lo hacen porque tú no vales; lo hacen porque no saben quedarse.
Porque hay quienes no saben sostener el amor cuando duele, cuando pesa, cuando exige trabajo, esfuerzo, compromiso. Porque hay quienes no entienden que amar no es llenar vacíos, sino compartir plenitudes e incluso vacíos juntos. Porque hay quienes no saben enfrentarse a lo que sienten y, cuando lo hacen, ya están en otros brazos.
Y tú, que te quedaste vacío, piensas que el error era tuyo. Que fuiste demasiado. O muy poco. Que no supiste, que no diste, que no fuiste suficiente.
Hasta que un día, algo cambia.
Un día te miras y entiendes que no fuiste tú quien falló. Que tú sí sabías quedarte, que tú sí pusiste el alma, que tú sí intentaste reparar lo que se rompía, aunque lo hicieras a costa tuya. Que tú sí sabías querer de verdad. Y que no merecías ser reemplazado, sino comprendido. Aceptado. Elegido.
Hoy ya no culpo mi reflejo. Ya no me miro con reproche por no haber sido más listo, más fuerte, más guapo, más divertido, más perfecto. Hoy entiendo que no era yo quien no valía… eran ellos los que no sabían quedarse.
Y sí, aún hay noches en las que esa herida escuece. En las que recuerdo lo fácil que pareció borrarme. Pero ya no me rompo igual.
Porque hoy sé que quien no supo quedarse… nunca mereció quedarse conmigo.
Continuará…
Deja un comentario