732. Aprender a quedarse conmigo

By

Durante mucho tiempo me esforcé por gustar, por agradar, por merecer. Como si amar fuera una competencia, como si para que alguien se quedara a mi lado yo tuviera que demostrar constantemente que valía la pena. Que era suficiente.

Y lo peor es que ese “alguien” no siempre fue otra persona. A veces, ese alguien… era yo.

Porque aprendí a mirar hacia fuera antes que hacia dentro. A buscar aprobación externa como única forma de confirmar que estaba haciendo las cosas bien. A medir mi valor por el amor que otros decidían darme o quitarme. Y si se iban, si me dejaban, si se cansaban… entonces algo en mí se derrumbaba.

Me repetía una y otra vez que no debía doler tanto. Que no debía afectarme así. Pero la verdad es que nunca supe muy bien cómo quedarme conmigo mismo cuando el mundo me daba la espalda. Me había acostumbrado a abandonarme yo también.

Y cuando eso pasa… cuando no sabes estar contigo, cualquier ausencia ajena se convierte en abismo.

Lo sé, me costó entenderlo. Me costó aceptar que, aunque necesito a los demás, no puedo seguir huyendo de mí cada vez que el dolor me visita. Que si quiero sanar de verdad, tengo que aprender a ser mi refugio. A no salir corriendo. A sostenerme incluso cuando no entiendo lo que siento, incluso cuando siento que todo se viene abajo.

Hoy sé que merezco un amor que no me haga dudar a cada paso. Que no tenga que mendigar calma ni disfrazar mis inseguridades para no molestar. Un amor que no me haga elegir entre mi paz y mi compañía. Y aunque aún me cuesta creer que exista, estoy aprendiendo a ser yo quien lo construya desde dentro.

Porque quedarme conmigo también significa hablarme bonito en los días grises. No exigirme perfección. No flagelarme por no haber visto antes lo que ahora entiendo. Quedarme conmigo es dejar de intentar llenar los vacíos con personas que no saben abrazar el alma. Es perdonarme. Es entenderme. Es respetarme, incluso cuando no soy la mejor versión de mí mismo.

No siempre me sale. No te voy a mentir. Pero cuando noto que me tambaleo, cuando la inseguridad me susurra que no basto, hago algo diferente a lo de antes: ya no huyo. Ya no me abandono. Me quedo.

Y eso, aunque aún lo esté aprendiendo… es un acto de amor inmenso.

Continuará…

Posted In ,

Deja un comentario