Segunda entrada de la serie: Cosas que no sabía que tenía que sanar
Durante mucho tiempo pensé que el miedo era simplemente un reflejo natural del cuerpo, una respuesta momentánea, una alerta. Pero no. Descubrí tarde que el miedo también puede convertirse en una forma de vida, en una cárcel sin barrotes que te acompaña en silencio, como una sombra invisible.
Yo conviví con él sin saberlo. Lo disfrazaba de prudencia, de sensatez, de empatía incluso. Y durante años me creí inteligente por anticiparme a los fracasos, por medir cada paso, por buscar siempre hacer lo correcto… sin darme cuenta de que, en realidad, lo hacía por miedo.
Miedo a no ser suficiente.
Ese miedo que aparece cuando das todo de ti y aún así sientes que no alcanza. Que si alguien te deja, es porque vio algo en ti que no valía la pena. Que si te miran raro, es porque hay algo mal en ti. Que si las cosas no salen bien, es porque tú no eres capaz.
Ese miedo que te impide disfrutar los logros porque te convence de que son fruto de la suerte o de la benevolencia de los demás. Ese miedo que te obliga a agradecer por migajas emocionales porque, en el fondo, no te crees merecedor de un banquete.
Miedo a fallar a quienes quiero.
No sabes la carga que supone vivir intentando estar siempre a la altura, aunque la altura esté mal medida. Aunque nadie te la exija. Aunque te rompas.
Ser el apoyo, el fuerte, el que no se derrumba… hasta que ya no puedes más. Y lo peor no es fallarles, lo peor es fallarte a ti mismo por intentar ser algo que no necesitabas ser. Y aún así, seguir insistiendo.
Porque si ellos te necesitan, ¿cómo vas a pensar en ti?
Miedo a no cumplir con las expectativas.
Incluso las que nunca fueron tuyas.
Te las tragas enteras, sin masticar, como si fueran parte de ti. Como si no hacerlo te convirtiera en alguien malo, o peor: en alguien decepcionante. Y así vas renunciando a sueños, a palabras, a gestos, a decisiones… por no romper la imagen que otros tienen de ti. Hasta que te miras al espejo y no te reconoces. Porque ya no sabes si lo que haces es porque lo quieres, o porque lo esperan.
Todo eso, todo ese peso, lo fui arrastrando sin saberlo. Hasta que me di cuenta. Hasta que un día, en mitad de una conversación, una mirada, una ruptura… algo se quebró. Y supe que no podía seguir viviendo con miedo.
No podía seguir caminando con la cabeza agachada ni el corazón a medio encender.
Estoy aprendiendo.
A decir lo que siento sin esperar a que sea demasiado tarde.
A equivocarme sin que eso defina mi valor.
A permitirme no ser perfecto.
A pedir ayuda.
A llorar cuando lo necesito.
A reconocerme vulnerable sin sentir vergüenza.
Porque sanar no es volverse invencible.
Sanar es mirar al miedo a los ojos y decirle: “Ya sé que estás ahí, pero no voy a dejarte decidir por mí.”
Hoy sigo sintiendo miedo, claro que sí. Pero ya no lo escondo. Ya no lo visto de excusas ni lo adorno de palabras bonitas. Hoy, lo nombro.
Porque lo que se nombra deja de gobernarte en silencio.
Y a veces, solo a veces, basta con eso para empezar a ser libre.
Continuará…
Deja un comentario