Hola, tú.
Sí, tú. El que no sabía ni cómo empezar a entender lo que sentía.
El que se miraba al espejo y veía a alguien que no creía merecer ser querido sin tener que ganárselo.
El que pensaba que, si hacía todo bien, si no molestaba, si cedía hasta desaparecer… tal vez así no lo dejarían atrás otra vez.
Hoy vengo desde un sitio distinto. No perfecto, pero más real.
Hoy vengo a decirte que ya no estás solo.
Que aprendí a sentarme contigo en los días en los que no sabes ni qué sientes.
Que ya no me obligo a ser fuerte todo el tiempo, pero tampoco me arrastro como antes.
Que ahora, cuando alguien me hiere, no me trago el dolor hasta hacerlo costumbre: lo reconozco, lo nombro y, cuando puedo, lo suelto.
Quiero que sepas que he llorado por todo lo que callaste.
Por todo lo que aceptaste por miedo a que no te eligieran.
Por cada vez que te hiciste pequeño para no incomodar.
Y por cada noche en la que pensaste que eras difícil de querer.
No te culpo.
Entiendo por qué fuiste así.
Fuiste supervivencia, fuiste herida abierta tratando de vivir.
Fuiste niño roto, adolescente invisible, adulto confundido.
Y aún así, seguiste.
Ahora soy distinto, aunque te llevo conmigo.
No para repetir tus errores, sino para honrar tu esfuerzo.
Para no olvidar que todo este camino empezó contigo.
Con tus torpezas, tus silencios, tus tropiezos.
Y aunque me siga costando —porque sí, aún hay días grises— te prometo algo:
No me volveré a abandonar.
No volveré a hacerme pequeño por miedo a perder a alguien.
No permitiré que me traten como si no valiera, como si no bastara.
Porque basto. Porque valgo. Porque existo.
Y tú también valiste.
A tu manera rota, incompleta, callada.
Fuiste el principio de todo esto.
Y ahora, por fin, hay alguien que se queda: yo.
Dedicatoria final:
A ti, que fuiste todo lo que pudiste con lo poco que tenías.
Gracias por no rendirte cuando más fácil era dejarse ir.
No soy mi versión de entonces… pero sin ti, jamás habría llegado hasta aquí.
Continuará…
Deja un comentario