Podría aferrarme solo al dolor, a lo que me rompió, a la forma en la que terminamos. Pero hoy no quiero eso. Hoy quiero hablarte desde otro lugar. Desde el rincón que aún guarda lo que fuimos cuando todo iba bien. Desde la ternura que no ha desaparecido del todo, aunque duela recordarla.
Porque sí, también me hiciste sentir bonito. Me hiciste sentir visto. Me hiciste sentir especial cuando me mirabas como si el mundo se detuviera ahí, justo en tus ojos. Me hiciste reír con ganas, como si nada pudiera salir mal mientras estuvieras cerca. Y lo que me hiciste sentir… eso tampoco se olvida.
No se olvida cómo me apretabas la mano cuando sabías que tenía miedo. Ni cómo tus abrazos tenían el poder de calmar incluso los días más grises. No se olvida cómo era dormirme a tu lado, con esa paz que parecía decirme: “estás a salvo”. A tu lado aprendí que un hogar no siempre es un lugar; a veces, es una persona. Y durante un tiempo, tú fuiste el mío.
Tampoco se me borra el orgullo con el que hablabas de mí a los demás, las veces que me defendiste cuando yo aún no sabía cómo hacerlo solo, ni lo valioso que me sentí cuando me abriste la puerta de tu vida sin reservas. Me hiciste creer en el amor, en el de verdad, en ese que te transforma. Y eso, aunque hoy no estemos, sigue siendo real. Fue real.
Hoy sé que no todo dura, pero también que lo vivido no se invalida por haber terminado.
Gracias por los días que me diste, por los recuerdos que aún me arrancan una sonrisa cuando bajan la guardia el rencor y el desencanto. Gracias por enseñarme lo que era amar de verdad, incluso si al final no supimos cómo sostenerlo. Gracias por mostrarme que soy capaz de sentir así, con esa intensidad limpia, con esa entrega honesta.
Lo que me hiciste sentir bonito, eso tampoco lo olvidaré. Y no, no me arrepiento.
Porque aunque hoy no seamos, hubo un tiempo en que fuimos todo.
Y eso —eso sí— merecerá siempre ser recordado.
Continuará…
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