Primera entrada de la serie: Donde se confunden
“Retomo esta serie por tercera vez, porque sigo descubriendo dualidades que no sabía que podían convivir dentro de mí. Sentimientos que creí opuestos, incompatibles, enemigos… y que sin embargo la vida, con sus golpes y enseñanzas, me ha demostrado que muchas veces caminan juntos. Estoy aprendiendo a diferenciarlos, a ponerles nombre, a entender que no todo se siente claro, ni limpio, ni separado. A veces lo que duele también calma, lo que se va no se olvida, lo que se rompe deja espacio para algo nuevo. Y en medio de todo eso… aquí estoy yo, intentando entenderme.”
Hay personas que no solo se desean con el cuerpo, se desean con la historia, con las heridas, con el alma. Y ahí es donde todo se complica.
Porque cuando el deseo no es solo físico, sino emocional, aparece el miedo. El miedo a no estar a la altura de lo que se siente. El miedo a que no sea mutuo. A perderse justo cuando empiezas a encontrarte en los brazos del otro.
Deseo… de quedarte a vivir en su risa. De despertarte cada día con el alma en calma por tenerla cerca. De compartir el silencio, las dudas, los días buenos y los que se derrumban. De construir algo sin tener que fingir, sin tener que esconder tus grietas.
Miedo… a que no se quede. A que todo lo que te hace sentir, desaparezca de golpe como lo han hecho antes tantas promesas. A entregarte de nuevo y terminar roto, otra vez. A que, por mucho que des, no seas suficiente.
El deseo te empuja, el miedo te frena. Y ahí estás tú, parado frente al abismo que se forma entre lo que anhelas y lo que temes. Con el corazón en llamas y los pasos temblando.
Pero hay veces… en las que te lanzas igual. Aunque tiemble la voz, aunque duela la historia, aunque el miedo esté sentado a tu lado. Porque sabes que hay personas que no puedes dejar pasar. Porque hay abrazos que curan más de lo que asustan.
Y entonces entiendes que, cuando el deseo es verdadero, el miedo no desaparece… pero se convierte en impulso.
Continuará…
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