Quinta entrada de la serie: Donde se confunden
Hay días en los que jurarías que ya lo olvidaste.
Te levantas, respiras hondo, vives.
No hay nudos en el pecho ni sombras en la voz.
Crees que has cerrado la puerta, que el capítulo quedó atrás.
Pero entonces, un gesto, una risa, una canción, y el recuerdo se cuela por una rendija que no sabías que seguía abierta.
No duele como antes, pero tampoco pasa de largo.
Porque el olvido no es amnesia.
El olvido no borra, acomoda.
Aprendes que puedes avanzar con cicatrices.
Que no todo lo que recuerdas tiene que doler, pero tampoco todo lo que ya no duele ha sido completamente olvidado.
Hay personas que no se olvidan…
se aceptan como parte del paisaje interior.
Se desdibujan, sí, pero no desaparecen.
Porque dejaron una huella que no se borra con el paso del tiempo, sino que se convierte en parte del tiempo mismo.
Y eso no es debilidad.
Eso es humanidad.
Recordar no significa que quieras volver.
Olvidar no significa que hayas dejado de amar.
Porque a veces, el mayor acto de amor propio es aceptar que el recuerdo vive contigo… pero que tú decides si lo conviertes en un ancla o en impulso.
Continuará…
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