¿Que si me dolió?
Claro que sí, demasiado.
Como duelen las promesas rotas aunque nadie las haya dicho en voz alta.
Como duele lo que se esperaba eterno y apenas duró un suspiro o así se me hizo.
Me dolió que mientras yo seguía creyendo en nosotros, ella ya habías rehecho tu vida.
Que mientras yo me reconstruía desde las ruinas, ella levantaba un nuevo hogar sin mirar atrás.
Pero… ¿sabes qué?
Con el tiempo, descubrí algo más doloroso aún que perderla: perderme a mí por no saber soltar a tiempo.
Hoy sé que la cuidé más a ella que a mí.
Que preferí su calma a mi dignidad.
Que me quedé en lugares donde ya no me querían, por miedo a aceptar que no quería/sabía quedarse.
Hoy sé que no todo lo que se ama se debe sostener.
Que no todo lo que duele vale la pena.
Y que el amor, por muy profundo que sea, no debe ser una lucha constante para no ser olvidado.
Me dolió, me doliste.
Me rompió, me rompiste.
Pero también me despertó, me despertaste.
Porque de tanto esperarla, aprendí a dejar de hacerlo.
Porque de tanto pensar en ella, empecé a pensar en mí.
Y hoy, aunque aún duela, aunque a veces me tiemble la voz al nombrarla en mi silencio, sé que voy por el camino correcto.
El que me devuelve a mí.
Porque puede que no la olvide nunca, pero no me voy a perder otra vez por alguien que ya aprendió a vivir sin mí.
Hoy, por fin, elijo mi paz.
Y si algún día alguien me pregunta si todavía la espero, solo diré:
Ya no, pero debo darla las gracias por enseñarme a no hacerlo.
Continuará…
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