765. Cuando el silencio pesa más que las palabras

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Primera entrada de la serie: Me estoy cansando de dar explicaciones

Hay días en los que no quiero hablar. No porque no tenga nada que decir, sino porque lo que tengo dentro no encuentra palabras que lo contengan. Porque todo lo que intento poner en frases suena más pequeño que el dolor, más torpe que el cansancio, más hueco que la realidad.

Me estoy cansando de tener que justificarme. De explicar por qué no sonrío como antes, por qué estoy más callado, más ausente, más encerrado en mí. Como si el silencio no pudiera ser un lenguaje en sí mismo. Como si no existiera el derecho a no estar bien sin dar razones.

A veces me preguntan si pasa algo. Y sí, claro que pasa. Pasa que me pesa el alma. Pasa que me quedé con palabras atragantadas, con abrazos que no di, con despedidas que nunca llegaron a tiempo. Pasa que perdí tanto que ya no sé qué me queda.

Mi silencio no es desprecio. Es defensa. Es un refugio. Es mi manera de decir que estoy lleno y no puedo con más. Que incluso las explicaciones me agotan. Que hablar es volver a tocar la herida.

El problema es que hay quienes interpretan mi distancia como frialdad, mi cansancio como indiferencia, mi quietud como egoísmo. Y no, no es eso. Es que estoy cansado de fingir que todo va bien. De tener que traducirme para no incomodar. De sostener una versión de mí que ya no soy.

Hoy, si callo, no es por falta de amor. Es porque me estoy reconstruyendo en silencio. Porque a veces lo más valiente que puedo hacer es no hablar. Y aunque no lo entiendan, aunque me lo pregunten mil veces, aunque esperen de mí más de lo que puedo dar… me permito no explicarme.

Porque a veces el silencio no es un vacío, sino un grito que nadie supo escuchar.

Continuará…

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