Cuarta entrada de la serie: Me estoy cansando de dar explicaciones
La mayoría de las personas que me conocen creen que me entienden. Que saben por qué me comporto así, por qué me guardo tanto, por qué a veces me alejo o sonrío a medias como quien no quiere molestar. Pero lo cierto es que nadie ha visto realmente la herida que más dolió, porque nunca la conté.
Porque la escondí. Porque me dio vergüenza. Porque pensé que era exagerado sentir tanto. Porque me repetí mil veces que no tenía derecho a romperme si otros lo estaban pasando peor.
No conté que cuando S se fue, algo dentro de mí también lo hizo. Que no era sólo perder a alguien que amaba, era perder mi casa, mi reflejo, mi idea de futuro, mi forma de verme a mí mismo. Y que por mucho que intentara explicarlo, no había palabras suficientes para que doliera igual en quien escuchaba.
No conté que, tras su adiós, volví a dormir con la luz encendida. Que escribir se convirtió en mi única forma de respirar. Que hay canciones que aún hoy me obligan a detener el coche en la cuneta porque el nudo en la garganta no me deja avanzar.
La herida que no conté se camufló bajo frases hechas, bajo el “todo bien” automático, bajo los chistes que lanzaba para no llorar delante de nadie. Esa herida… dolía como si me hubieran arrancado la voz justo en el momento en que más necesitaba gritar.
Me estoy cansando de dar explicaciones. Porque a veces ni yo mismo entiendo cómo sigo de pie. Porque hay días que, por más que me esfuerzo, no encuentro consuelo. Porque aún siento que tengo que justificar mis duelos, mis nostalgias, mis cicatrices.
Pero hoy, por fin, lo dejo escrito. Para no tener que explicarlo más. Para no tener que seguir sosteniendo algo que pesa más que yo. Porque esta herida, la que más dolió, ya no quiero esconderla.
Porque al sol también se curan las heridas.
Continuará…
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