Epílogo de la serie: Me estoy cansando de dar explicaciones
No sé en qué momento exacto empecé a cansarme. Tal vez fue tras la primera vez que sonreí por fuera y grité por dentro. Tal vez fue el día que me preguntaron qué me pasaba y, por no tener fuerzas para explicarlo, simplemente respondí: “nada”. O quizá fue cuando entendí que las respuestas que doy ya no son para que me entiendan, sino para que me dejen tranquilo.
Porque llega un punto en que uno se harta de justificar su cansancio. De tener que explicar por qué hoy no contesta, por qué se aísla, por qué ya no brilla igual. Se cansan los hombros de cargar con la armadura, se agota la voz de tanto decir “estoy bien” cuando lo que uno quiere gritar es “me estoy rompiendo”. Y yo… me rompí tantas veces que empecé a recoger los pedazos en silencio.
Me cansé de dar explicaciones. De tener que traducir mis heridas para quien nunca estuvo en la guerra. De tratar de convencer a quien solo ve la superficie, de que lo mío no es tristeza pasajera, sino una batalla diaria con los fantasmas del pasado, con lo que aún duele aunque ya no sangra.
Y es curioso… cuando dejas de dar explicaciones, todo el mundo asume. Algunos creen que ya estás bien. Otros piensan que te has vuelto frío. Pocos entienden que, simplemente, decidiste que tu paz vale más que tu justificación.
He aprendido que no todo tiene que entenderse para ser respetado. Que no tengo que abrir mis cicatrices para que alguien crea que existen. Que el silencio también es una forma de hablar, y que no todo grito necesita un eco.
Hoy cierro esta serie con una certeza: no le debo explicaciones a nadie por sentir como siento. No tengo que justificar mi duelo, ni mi forma de sanar, ni el caos que aún habita en mi pecho cuando la recuerdo a ella. Porque perdí más de lo que la gente imagina, y cada día en el que consigo levantarme, seguir escribiendo, seguir creyendo, ya es un triunfo.
Y sí, estoy cansado. Pero no vencido.
Me cansé de fingir que nada duele, de poner excusas por mis ausencias, de justificar mis tiempos y mis límites. Me cansé de pedir permiso para estar mal.
Y en ese cansancio, encontré una verdad: ya no tengo que explicarme para valer. Ya no necesito que me entiendan para seguir.
El día que dejé de explicar mi dolor no fue una derrota. Fue el principio de una tregua conmigo mismo. De un pacto silencioso en el que por fin me digo: “no tienes que sostenerte todo el tiempo. También puedes caer, también puedes llorar, también puedes parar”.
Y si alguien quiere saber cómo estoy… estoy en ello. Estoy en medio del proceso. Estoy construyendo. Estoy resistiendo. Estoy sanando a mi ritmo, a mi modo, con mis silencios y mis ausencias.
Estoy.
Y por ahora, eso me basta.
Continuará…
Deja un comentario