No todas las palabras nacen para ser pronunciadas.
Algunas se gestan en la garganta y mueren antes de salir.
Otras encuentran refugio en el pecho, y aunque jamás se dicen… pesan.
Y tú fuiste eso.
Un peso suave y constante.
Una voz que me nacía en la boca pero que no se atrevía a romper el aire.
Callarte también dolía, ¿sabes?
Como duele no tocar una herida por miedo a sangrar de nuevo.
Yo también grité, aunque nunca me oyeras.
Grité en cada mirada que evitaste.
En cada mensaje que no envié.
En cada noche que te pensaba en voz baja.
Porque el silencio también tiene memoria.
Y guarda lo que no se dijo.
Las veces que quise pedirte que no te fueras, pero no lo hice.
Las veces que me dolió verte feliz sin mí, y aún así, me callé.
Las veces que me rompiste sin querer —o queriendo— y lo único que hice fue apretar los dientes y sostener el mundo con la espalda encorvada.
Nunca sabrás cuántas veces quise decirte:
“Me haces falta, aunque finja que no.”
“Estoy orgulloso de lo que fuimos, aunque me duela lo que somos.”
“Te esperé incluso cuando ya sabías que no volverías.”
Pero no lo hice.
Por dignidad.
Por miedo.
O quizás porque supe que ya no servía de nada.
Y eso, eso es lo que más duele: saber que ya no vale la pena gritar lo que un día fue casa.
Hoy ya no intento entender por qué no te quedaste.
Solo me abrazo al eco de lo que no dije.
A la paz de haber amado de verdad, aunque en silencio.
Porque el silencio también fue una forma de amar.
Una forma de sostener tu recuerdo sin romperlo.
Una forma de hablarte sin interrumpirte la vida.
Y ahora que todo pasó… solo espero que un día, por casualidad, escuches dentro de ti algo parecido a esto.
Y sepas que ese silencio también tuvo nombre.
El tuyo.
Te hablé tanto en silencio, que a veces olvido que nunca me escuchaste.
Continuará…
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