773. Aún no sé cómo soltar lo que me salva y me hunde

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No sé en qué momento exacto empezó este limbo.

Solo sé que cada vez que intento alejarme, hay algo de ti que me arrastra de nuevo. Algo que no grita, que no suplica, que no se impone… simplemente está. Y en ese “estar”, sin darte cuenta, me quedas dentro.

Quizás nunca lo supiste.

Quizás, aunque lo sospecharas, no fuiste capaz de imaginar hasta qué punto tu existencia me salvó.

No con gestos grandilocuentes, no con promesas ni planes eternos, sino con lo simple. Con lo cotidiano. Con lo que parecía no tener importancia, pero lo cambió todo para mí.

Tú haces del mundo un lugar más amable.

Y eso, para alguien que ha vivido tanto tiempo en guerra consigo mismo, no es poca cosa.

No te das cuenta, pero la forma en que ves la vida, tu manera de abrazarla incluso en los días malos, tu luz cuando todo parece gris… eso tiene algo de mágico. Como si tu existencia fuera un conjuro en medio de mi caos.

He intentado convencerme de que ya está, de que debo dejarte ir.

Pero entonces recuerdo tu risa.

Esa risa que debería estar en la lista de cosas que curan.

Esa que escucho sin buscarla, en el eco de una canción, en los lugares donde ya no estás, en los días que aún me duelen.

Y entonces me quedo. Me quedo un poco más.

Porque tú abrazas sin tocar.

Cuidas sin imponer.

Tienes esa forma de estar que calma, que da paz sin necesidad de hacer ruido.

Eres de esas personas que no necesitan decir mucho para que todo se entienda.

De esas que hacen que el café se alargue, que la herida escueza menos, que el tiempo parezca un regalo.

No sé cómo explicarlo, pero tu energía me da refugio.

Y por eso me cuesta soltar.

Porque sé que, aunque ya no estemos en el mismo lugar, aunque tu vida siga su curso y la mía se haya convertido en un intento constante de reconstrucción, tú fuiste esa parte de mí que no se rompía, incluso cuando todo lo demás sí lo hacía.

Quizás no volveremos a vernos como antes.

Quizás tú ya sigas otro camino.

Pero yo me quedo un instante más, uno solo, para decirte esto que jamás sabrás:

Gracias por existir, así, justo como eres.

Porque aunque tú no lo sepas, me has salvado.

Y a veces… eso basta para que uno decida quedarse en el limbo un día más.

Continuará…

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