Qué difícil es fingir que no te afecta.
Fingir que no duele, cuando por dentro estás roto. Fingir que has superado algo que aún te atraviesa.
Porque fingir que no duele… duele el doble. Y más todavía cuando sabes que nadie lo está viendo.
A veces me sorprendo sonriendo por fuera mientras por dentro estoy gritando. A veces digo que estoy bien solo para no tener que explicar el caos que llevo dentro. Y me canso. No sabes cuánto.
Porque no estoy sanando, no del todo… solo estoy aprendiendo a ignorar lo que siento para poder funcionar.
Y eso no es sanar, eso es sobrevivir.
He pasado meses tratando de entender cómo se puede querer tanto a alguien que te rompió sin mirar atrás. Meses en los que S no solo fue un recuerdo, fue una pregunta constante: ¿Por qué no fui suficiente?
Y lo intenté todo. Psicólogo, escribir, hablar, caminar, llorar en silencio. Incluso dejarme querer por quien sí me mira con los ojos llenos de verdad, como J.
Y aun así, hay días en los que el peso de lo que no dije me aprieta el pecho.
Porque aprendí tarde a ponerle nombre a mis emociones. Aprendí tarde a decir lo que sentía, a hablar en voz alta de lo que me dolía. Y eso me ha pasado factura.
A veces pienso que sigo igual que al principio. Que sigo siendo ese hombre que escribe para no desbordarse, que se refugia en letras porque no encuentra otra forma de ordenar lo que siente.
Pero no… no soy el mismo.
Hoy al menos puedo escribirlo.
Hoy puedo reconocer que me duele y no sentirme débil por ello.
Hoy puedo aceptar que sanar también es recaer. Que tener días grises no borra todo lo que he avanzado.
Y si algo he aprendido en todo este proceso, es que lo que se ignora no desaparece, solo se esconde.
Y lo que se esconde… tarde o temprano, vuelve.
Así que no, no estoy fingiendo más.
No voy a hacer como que no duele. Porque sí, me duele.
Y reconocerlo, por fin, es el primer paso que de verdad… se parece a sanar.
Continuará…
Deja un comentario