Por desgracia, se necesitan días malos para entender muchas cosas.
Para ver con claridad lo que los días buenos, con sus risas y promesas, ocultan con facilidad.
Es en medio del caos cuando caen las máscaras.
Cuando los abrazos ya no se ofrecen por costumbre, sino por convicción.
Cuando las palabras no son bonitas, pero son honestas.
Y cuando las ausencias no se pueden justificar con excusas vacías.
Porque cuando todo va bien, cualquiera sabe quedarse.
Cualquiera sonríe, cualquiera te dice que cuenta contigo.
Pero los días malos no preguntan, no esperan, no disimulan.
Te quiebran en silencio y te dejan mirando alrededor, buscando quién queda de pie a tu lado.
Y no siempre es quien esperabas.
A veces, la familia no es la de sangre, sino la de alma.
A veces, el que creías amigo se vuelve eco.
A veces, el amor se esfuma justo cuando más lo necesitas.
Y otras, muy pocas, alguien aparece sin obligación y se queda sin condiciones.
Ahí es cuando entiendes que no te hacía falta tanto ruido, sino presencia.
Que no era cuestión de cantidad, sino de verdad.
Que uno solo que te mire a los ojos en tu peor momento vale más que cien que te aplauden cuando brillas.
Yo también tuve días así.
Días en los que me rompía por dentro y aún tenía que sonreír por fuera.
Días en los que hubiese dado todo por una voz que me dijera: “Estoy aquí, no te suelto.”
Días en los que S se alejaba, aunque yo me aferrara a su recuerdo, y en los que J, sin promesas vacías, se acercaba sin exigencias, solo con calma.
Esos días te enseñan.
Te vacían, sí.
Pero también te limpian.
De quienes solo estaban por inercia.
De quienes no supieron quedarse cuando tu mundo se derrumbaba.
Y es ahí donde se revelan los verdaderos vínculos:
Quién es familia, porque no solo estuvo en tu vida, sino contigo.
Quién es amigo, porque no pidió explicaciones, solo te abrazó.
Y quién es amor de verdad, porque aun con tus grietas, decidió quedarse a construir hogar contigo.
Hoy no escribo por nostalgia, ni por rencor.
Escribo porque sobreviví a días en los que pensé que no me quedaba nada.
Y porque en medio de ese vacío, descubrí que algunas presencias valen más que mil pasados.
Gracias a los que se fueron.
Gracias a los que llegaron.
Y gracias, sobre todo, a quien se quedó.
Porque el amor real no siempre se dice.
A veces, simplemente… no se va.
Continuará…
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