Si te gusta algo, hazlo.
Si te molesta, dilo.
Si te duele, déjalo.
Si te importa, demuéstralo.
Porque la meta, aunque la vida se complique, sigue siendo la misma: ser feliz.
Parece sencillo, ¿verdad?
Pero no siempre lo es.
A veces nos quedamos donde ya no somos, por miedo a lo desconocido.
Otras veces callamos por no incomodar, por no perder, por no romper.
Y mientras tanto, la felicidad… se escapa entre los dedos.
A mí también me pasó.
Me gustaba alguien y me quedé quieto, esperando señales.
Me dolía el desprecio silencioso y me lo tragué, fingiendo que no me afectaba.
Me importaba tanto que me convertí en sombra, para no molestar.
Y al final, perdí… y me perdí.
Hubo un tiempo en el que confundí amar con resistir, con quedarme incluso cuando ya no quedaba nada.
Y ahí descubrí que callarme lo que me dolía solo me dolía más.
Que luchar por alguien que no quería quedarse era una forma de rendirme ante mí mismo.
Y que postergar mi paz por miedo a romper era mi manera de ser infeliz a conciencia.
Pero también llegó otro momento.
Uno en el que empecé a escucharme más.
A soltar lo que me dolía, aunque doliera dejarlo.
A decir lo que sentía, aunque me temblara la voz.
A acercarme a lo que me hacía bien, sin culpa.
Descubrí que el camino hacia la felicidad no siempre es recto.
A veces es una espiral, otras un sube y baja, muchas un salto al vacío.
Pero nunca, jamás, debería ir en contra de uno mismo.
Así que sí:
Haz lo que te haga bien, sin explicaciones innecesarias.
Di lo que te oprime el pecho, antes de que te silencie por dentro.
Déjalo ir si no te sostiene.
Demuestra lo que sientes antes de que sea demasiado tarde.
Porque al final, cuando todo se apague, lo único que valdrá la pena será eso:
Haber vivido con el alma por delante, aunque a veces duela.
Haber elegido tu paz, aunque cueste despedidas.
Y haber sido feliz… no a ratos, sino de verdad.
Continuará…
Deja un comentario