“Me gustan las cosas imposibles porque en ellas descubres quién corre, quién se queda y quién lo intenta…”
Hay frases que no se leen. Se sienten.
Se clavan.
Te detienen en seco.
Te miran a los ojos y te dicen: “esto también va por ti.”
Y esta… esta me atravesó.
Porque sí, me gustan las cosas imposibles.
Quizás porque siempre sentí que yo mismo era una de ellas.
Porque amar con heridas abiertas, con miedo al abandono, con dudas que te susurran cada noche, no es fácil.
Porque dejarse ver tal como uno es —sin adornos, sin capas, sin armaduras— también parece imposible cuando vienes de ser juzgado por lo que no supiste expresar.
Pero hay belleza en lo imposible.
Porque es justo ahí donde se revela todo.
Quién huye cuando aparece algún obstáculo.
Quién se queda, no porque todo sea perfecto, sino porque tú vales la pena, incluso roto.
Y quién, aunque no sepa muy bien cómo hacerlo, se queda para intentarlo.
Yo ya vi a quien corrió.
A quien se cansó de esperar que supiera hablar lo que nunca me enseñaron a nombrar.
A quien solo se quedaba cuando brillaba y me soltaba cuando oscurecía.
Pero también, ahora… estoy viendo a quien se queda.
A quien no exige, pero abraza.
A quien no necesita que esté bien para no marcharse.
A quien, simplemente, lo intenta.
Y me doy cuenta de que no necesito promesas eternas.
Solo gente que no se rinda ante las dificultades.
Gente que entienda que amar no es encontrar lo fácil, sino elegir quedarse incluso cuando todo parece cuesta arriba.
Yo he sido imposible muchas veces.
Y sin embargo, aquí estoy.
Vivo. Sintiendo. Caminando.
Y ahora sé que lo imposible no es un castigo.
Es un filtro.
Una forma brutalmente honesta de saber quién está contigo de verdad.
Así que sí.
Me gustan las cosas imposibles.
Porque gracias a ellas… hoy sé quién me soltó, quién se quedó y, sobre todo… quién nunca dejó de intentarlo.
Continuará…
Deja un comentario