Siete días.
Una semana.
Un proceso.
Un comienzo.
Vine buscando un poco de paz.
Vine huyendo de un nombre, de una historia, de una sombra que me seguía incluso cuando no la miraba.
Vine queriendo soltar sin saber si era capaz.
Y hoy, después de siete días, no puedo decir que esté del todo curado… pero tampoco estoy en el mismo lugar en el que llegué.
He pasado por todo: noches de insomnio, sueños que removían lo que creía dormido, recuerdos que dolían como si acabaran de pasar.
Tuve una recaída, escribí cuando no debía, me preocupé por quien ya no me pertenece.
Pero no me juzgué.
Y esa fue mi primera victoria.
Me permití llorar.
Me permití recordar.
Me permití admitir que, aunque quiero soltar, a veces todavía me aferro.
Y aun así, cada día elegí seguir.
Elegí levantarme.
Correr. Respirar. Escribir.
Elegí no rendirme.
También descubrí cosas que no esperaba.
La compañía sincera de mis amigos.
El silencio amable de la playa.
Y sobre todo, la presencia inesperada de J, que apareció como si supiera el momento exacto en el que necesitaba sentirme acompañado sin exigencias.
Ella no vino a curarme.
Pero me mostró que no necesito estar completamente bien para merecer amor.
Hoy, al mirar atrás, no veo una cura.
Veo un inicio.
Un paso honesto hacia adentro.
Una decisión firme de no seguir en el mismo lugar donde tanto dolía.
He entendido que desintoxicarse emocionalmente no es olvidar.
Es aprender a dejar de sostener lo que te rompe.
Es elegirte sin remordimientos.
Es respetar tu propio proceso aunque nadie más lo entienda.
Hoy cierro este primer tramo con gratitud.
Con cansancio.
Con un cuerpo quemado por el sol, pero un alma un poco más en paz.
Y con la certeza de que lo estoy haciendo, aunque a veces no lo parezca.
Estoy reconstruyéndome.
Paso a paso.
Dolor a dolor.
Verdad a verdad.
Mañana, cuando despierte en mi cama, será momento de escribirle a la única persona que ha estado en cada uno de estos días, sin fallarme ni una sola vez: a mí mismo.
Continuará…
Deja un comentario