807. Lo que no se puede fingir

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Las apariencias…

Pueden disfrazarlo casi todo.

Una sonrisa impostada. Un gesto aprendido. Un discurso ensayado para caer bien.

Vivimos rodeados de máscaras: de gente que se viste de simpatía, de ternura, de cercanía… y sin embargo, al acercarte un poco más, algo no encaja.

Porque por muy bien que actúen, hay algo que no se puede falsear: la energía.

La energía no miente.

No se aprende.

No se construye.

Simplemente… se siente.

Y cuando alguien tiene buen corazón, lo sabes.

Se nota.

Desde lejos.

En su manera de mirar. En el silencio que no incomoda. En cómo te abraza incluso sin tocarte.

Las apariencias se fabrican. La esencia se revela.

Y tarde o temprano, todo el mundo acaba mostrando quién es de verdad.

Hay personas que no necesitan grandes discursos ni gestos espectaculares para hacerse notar.

Su sola presencia te calma. Te ordena por dentro.

Tienen algo en su forma de estar que hace que el mundo, por un rato, pese menos.

Como si llevaran luz en la piel, y la compartieran sin esfuerzo.

No sabría explicar cómo ocurre, pero lo sabes.

Cuando alguien tiene un aura de bondad verdadera, lo reconoces.

No necesitas que te lo demuestren.

Tu alma lo percibe antes que tu mente.

Es esa energía la que define a las personas más bellas que he conocido.

No las más perfectas. No las más admiradas.

Sino las que abrazan desde dentro.

Las que te hacen sentir visto. Escuchado. A salvo.

Porque al final, las palabras se olvidan, pero la energía que alguien te deja… se queda.

Y por eso, hoy más que nunca, valoro a quien me hace bien con su sola presencia.

A quien no necesita esforzarse para ser luz.

A quien no se esconde tras una apariencia, porque su esencia ya es suficiente.

Porque las apariencias engañan… pero la energía siempre, siempre, dice la verdad.

Continuará…

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