Desintoxicación emocional – Cierre del día
Ya estoy en casa.
Y no solo en la que tiene techo, sino en la que me abraza cuando llego, cuando callo, cuando simplemente soy.
El viaje terminó. Cada uno regresó a lo suyo.
Yo también. Pero esta vez no volví solo.
J se queda conmigo unos días, y eso lo cambia todo.
No porque lo llene todo, sino porque sabe estar sin ocupar más espacio que el necesario.
Al llegar, deshicimos maletas.
Comimos por el camino, así que no hubo prisa.
Y aunque el cuerpo pedía descanso, yo no podía dormir.
Así que le dejé una nota en la mesita, suave, discreta… como me gusta a mí.
Y me fui al gimnasio, buscando ese momento a solas que me ayuda a reconectar conmigo, a ordenar lo que el ruido no deja ver.
Volver a entrenar fue un pequeño ancla. Poca gente, caras nuevas, silencio útil.
Y al regresar, compré algo sencillo para cenar.
Nada especial, solo detalles para disfrutar de la noche sin complicaciones: algo rápido, algo rico, algo que nos permita terminar el día sin más esfuerzo que el de dejarnos estar.
Ahora me espera un baño relajante.
Sé que muchos lo consideran un lujo innecesario, un gasto que se puede evitar.
Pero a veces, cuando has sostenido tanto, sumergirse en agua caliente es más medicina que capricho.
Después, sofá.
Ella.
Una peli cualquiera.
Y esa calma que no necesita palabras para sentirse.
No ha sido un día épico.
Ha sido real.
Y eso, últimamente, me basta.
Un día más lejos de lo que me dolía. Un día más cerca de mí.
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