811. Entre textos dolorosos estoy aprendiendo

By

Hoy no quiero hablar desde la piel… sino desde la herida.

Llevo tiempo trabajando en soltar a alguien a quien amé sin medida, a alguien por quien aguanté más de lo que cualquiera habría soportado.

Sostuve esa cuerda con tanto miedo, con tanta fuerza, que terminé con las manos llenas de ampollas… y el alma agotada.

Durante mucho tiempo creí que si insistía un poco más, si era paciente, si daba sin cuestionar, el amor bastaría. Que si me dejaba para después, si callaba lo que dolía, si esperaba en silencio… ella se quedaría.

Pero el amor, el verdadero, no se arrastra.

No se construye sobre renuncias.

Y mucho menos, se convierte en cadena.

He llorado —más veces de las que admito en voz alta—.

He esperado mensajes que nunca llegaron.

He sentido su ausencia mientras aún estaba presente.

Y me repetía que todo mejoraría, que solo necesitaba resistir un poco más.

Pero cada noche, en el silencio, algo dentro de mí me lo susurraba sin tregua:

“Te estás apagando por quedarte donde ya no te ven.”

Y eso es, quizás, lo que más ha dolido.

No su adiós… sino haberme perdido yo.

Porque dejé de reconocerme.

Me fui haciendo pequeño para encajar en una historia que ya no me incluía.

Me volví sombra para no incomodar, silencio para no molestar, fuerza para no derrumbarme.

Y cuando más necesité un abrazo sincero, solo tenía el roce de mis propias manos, buscándose sin encontrarse.

Recuerdo sus promesas, todavía hoy:

“Vamos a estar bien”, “Eres lo mejor que me ha pasado”, “Nunca te voy a soltar.”

Y sin embargo… lo hizo.

Me soltó. Me apartó. Me borró de su ecuación con la frialdad de quien ya no siente.

Tan fácil, tan rápido… como si yo nunca hubiera sido su refugio, su amor, su todo.

Aunque duela, aprendí.

Aprendí que el amor no se construye en soledad.

Que la lealtad no sirve de nada cuando se entrega a quien ya no la quiere.

Y que una promesa vacía también es una forma de romper.

Por eso hoy… me elijo.

No por orgullo.

Sino por dignidad.

Porque no se trata solo de soltar a quien ya no te elige, sino de tomarte de la mano y decirte con firmeza:

“Ya basta.”

Ya basta de quedarte donde solo hay migajas.

Ya basta de justificar con lágrimas lo que dejo de tener reciprocidad.

Ya basta de esperar a alguien que no mueve un solo paso por ti.

Esta carta es una despedida, sí… pero también es un regreso.

Un regreso a mi voz, a mi centro, a mis heridas que están aprendiendo a cerrarse.

Un regreso a la versión de mí que merezco ser, no la que aprendió a conformarse.

Y si tú, que lees esto, alguna vez amaste hasta quedarte sin ti… quiero que sepas que también puedes volver.

Que incluso con el corazón hecho trizas, aún se puede empezar de nuevo.

Porque entre cicatrices y palabras… siempre hay un renacer.

Y yo… entre textos dolorosos, estoy aprendiendo.

Continuará…

Posted In ,

Deja un comentario