Serie: Donde se cruzan
Hay batallas que no se pelean con gritos, sino en silencio.
Y esta, la que libran la esperanza y la resignación, es una de ellas.
He vivido muchos días aferrado a una posibilidad.
A una mirada, a un gesto, a un “quizás” que nunca llegó a pronunciarse en voz alta.
Y no es que no supiera lo que había.
Lo sabía.
Pero la esperanza tiene una forma muy suya de hablarte: baja la voz de la razón y sube la del corazón.
Y tú, que solo querías un motivo, acabas encontrando miles… aunque ninguno sea real.
Por eso a veces me cuesta entender en qué momento dejé de esperar activamente y empecé a resignarme pasivamente.
No fue una decisión. Fue un desgaste.
Fue el cansancio acumulado de tantas veces mirar una puerta cerrada y seguir tocando con la ilusión de que alguien la abra.
Hasta que un día dejas de golpear.
Y no porque ya no quieras entrar, sino porque tus nudillos sangran y ya no puedes más.
Resignarse no es dejar de sentir.
Es asumir que, por mucho que duela, no puedes seguir viviendo con la maleta preparada para alguien que ya no vuelve.
Es recoger las partes de ti que regalaste sin que te las pidieran.
Y sentarte contigo mismo, aunque el silencio escueza más que el recuerdo.
Pero entonces ocurre algo extraño:
La esperanza no se va del todo.
Se queda ahí, en algún rincón, dormida, esperando que algo —una señal, un mensaje, un cambio— la despierte.
Y esa es la trampa:
Ni vive, ni muere.
Solo te mantiene en pausa.
Por eso hoy escribo esto:
Porque he entendido que el amor no debería doler así.
Y si duele, que al menos sea un dolor que impulse, no que retenga.
Un dolor que te haga mirar al frente y no al pasado.
Porque entre seguir esperando y empezar a vivir… ya va siendo hora de elegir.
Epígrafe
A veces, el corazón insiste en esperar… incluso cuando la razón ya se ha rendido.
Y en esa frontera invisible donde la esperanza aún respira, y la resignación ya se ha sentado a descansar, se escribe la parte más difícil del amor: la de soltar sin olvidar, la de aceptar sin perder del todo, la de seguir adelante sin saber si alguna vez… volverás a mirar atrás.
Continuará…
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