Serie: Donde se cruzan
El deseo empuja. El miedo frena.
Y entre uno y otro, me he pasado la vida tratando de avanzar sin caer.
He deseado con fuerza, con fe ciega, con las entrañas.
He deseado amar sin medida, entregar sin condiciones, ser elegido sin tener que mendigarlo.
He deseado que me miren como si quedarse fuera la única opción posible.
Y también he deseado no volver a sentir ese vacío que deja quien se va sin despedirse.
Pero cada uno de esos deseos, cada uno de esos impulsos, ha traído consigo una sombra: el miedo.
Miedo a dar demasiado.
Miedo a perderme otra vez por alguien.
Miedo a que me quieran solo a ratos.
Miedo a que todo vuelva a doler.
Y entonces ocurre esa paradoja cruel:
Deseo saltar… pero el miedo me ata.
Deseo confiar… pero el miedo me recuerda cada vez que lo hice y salí roto.
Deseo avanzar… pero el miedo me paraliza, como si cada paso fuera una traición a mí mismo.
Es agotador.
Porque hay momentos en los que siento que podría ser feliz, realmente feliz, si tan solo me atreviera.
Si bajara la guardia.
Si dejara de medir cada gesto, cada palabra, cada sensación.
Pero justo cuando estoy a punto de hacerlo, el miedo se sienta a mi lado y me susurra al oído:
“¿Y si te vuelve a pasar lo mismo?”
He aprendido que el miedo no siempre es enemigo.
A veces te protege.
Pero si se queda demasiado tiempo, también te impide vivir.
Así que ahora estoy aquí, entre el deseo de intentarlo y el miedo a fallar.
Y no tengo respuestas.
Solo tengo la certeza de que, si algún día me lanzo, será con los ojos abiertos, con el alma alerta… y con el corazón curándose todavía, pero valiente.
Porque hay batallas que no se ganan sin temblar.
Epígrafe
Hay un instante en el que el deseo grita “atrévete” y el miedo susurra “recuerda”.
Y justo ahí, en medio de ambos, se encuentra la verdad:
No hay valor sin temblor.
No hay amor sin riesgo.
Y a veces, el mayor acto de fe… es volver a intentarlo.
Continuará…
Deja un comentario