Serie: Donde se cruzan
Confiar es lanzarse al vacío con los ojos cerrados, creyendo que no habrá caída… o que, si la hay, alguien estará ahí para amortiguarla.
Pero el vértigo… el vértigo es ese nudo en el estómago que aparece justo cuando estás a punto de confiar de verdad.
Yo lo he sentido.
Esa mezcla entre paz y pánico.
Esa sensación de querer abrir el alma y, al mismo tiempo, protegerla con una armadura.
De querer compartirlo todo… y a la vez no permitir que nadie lo vea todo.
Porque confiar no es solo decir “me quedo”.
Es permitir que alguien vea lo que otros hicieron pedazos.
Es dejar que alguien toque lo que aún duele.
Y eso… eso da vértigo.
No porque la otra persona no lo merezca.
Sino porque aún llevo cicatrices que no he terminado de entender del todo.
Porque me cuesta no anticipar el golpe antes de que llegue.
Porque he aprendido a protegerme incluso de lo que es bueno, por si acaso termina siendo solo un espejismo.
A veces pienso que el amor no debería dar tanto miedo.
Pero cuando has sobrevivido al abandono, a la decepción, al “te quiero” que no era real…
Confiar se convierte en una batalla interna.
Y sin embargo, aquí estoy.
Aprendiendo a dar un paso más sin cerrar los ojos.
A confiar aunque me tiemblen las piernas.
A mirar de frente, a decir lo que siento, a quedarme incluso con miedo.
Porque si algo he entendido… es que el vértigo no se va, pero se aprende a bailar con él.
Y que la confianza real no elimina el miedo, lo abraza.
Epígrafe
Confiar es extender la mano aun sabiendo que puedes quedarte solo con el aire.
El vértigo no desaparece, pero deja de asustar cuando lo atraviesas con alguien que no se va.
Porque lo valiente no es no tener miedo… lo valiente es decidir quedarte, incluso con él dentro.
Continuará…
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