822. Complicidad y distancia

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Serie: Donde se cruzan

Hay conexiones que no necesitan explicación.

Miradas que se entienden sin palabras.

Risas que nacen de silencios compartidos.

Presencias que se sienten incluso cuando el cuerpo no está.

Eso es la complicidad.

Ese vínculo invisible que une dos almas que se reconocen.

Que no fuerza, que no exige, que no invade.

Que simplemente… está.

Como si el tiempo se detuviera entre dos personas que no tienen que fingir.

Pero también existe la distancia.

Esa que a veces no es física, pero sí emocional.

Esa que no se mide en kilómetros, sino en dudas, en miedos, en inseguridades.

Esa que duele más porque aparece justo cuando creías que no podría haber más cercanía.

Y ahí, en ese cruce extraño, es donde a veces me encuentro.

Entre el “te siento tan cerca” y el “¿por qué a veces pareces tan lejos?”

Entre la complicidad que me abraza… y la distancia que me confunde.

Porque incluso cuando hay amor, a veces el pasado se interpone.

A veces las heridas hablan más alto que las caricias.

A veces me cuesta entregarme del todo, aunque lo desee con todo.

Y eso genera un espacio extraño entre dos personas que se quieren, pero aún se están aprendiendo.

Sin embargo, en medio de esa contradicción, hay algo que no cambia: la certeza de que la complicidad verdadera no se rompe por un mal día.

Ni por una distancia momentánea.

Porque cuando es real… siempre encuentra la forma de volver a acercarse.


Epígrafe

Hay distancias que duelen, pero no rompen.

Y complicidades que, aunque se callen, siguen latiendo.

Porque cuando alguien te entiende de verdad… la conexión no se pierde, solo se toma un respiro para regresar más fuerte.

Continuará…

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