No siempre supe ponerle nombre a lo que sentía.
A veces me dolía la esperanza. Otras veces, la calma. Y otras tantas, era el miedo el que se disfrazaba de deseo, o la distancia la que hablaba con voz de complicidad.
En esta serie he intentado entenderme a través de esos lugares donde se cruzan dos emociones que parecen contrarias, pero que dentro de mí siempre estuvieron unidas, luchando por tomar el mando. Porque no todo es blanco o negro. Porque a veces amar también duele, y tener fuerza también agota. Porque sentir es, muchas veces, caminar por un puente que cruje entre lo que fuiste y lo que estás empezando a ser.
He aprendido que se puede querer y tener miedo. Que se puede confiar y dudar. Que uno puede necesitar olvidar y, al mismo tiempo, aferrarse a un recuerdo que no sabe soltar. He descubierto que mis emociones no se contradicen, simplemente conviven en un mismo pecho que está aprendiendo a respirar sin exigirse entenderlo todo a la primera.
Y eso es un paso.
Esta serie no buscaba respuestas. Solo quería abrir espacio a esas partes de mí que a veces se sentían solas entre extremos. Nombrarlas, reconocerlas, darles sitio. Porque solo así se puede sanar de verdad: permitiéndote sentir incluso cuando lo que sientes no tiene forma clara.
Ahora sé que todo lo que se cruzaba dentro de mí, también era parte del camino.
Gracias a cada emoción que me ha desbordado. A cada duda que me hizo parar. A cada certeza que me sostuvo. Porque sin ese caos, no habría entendido lo que soy.
Y sobre todo… gracias a las personas que, aún sabiendo lo complicado que puede ser habitarme, han decidido quedarse.
Epígrafe
Donde se cruzan las emociones, también se encuentran los que no huyen de lo que duele.
Deja un comentario