A veces uno no sabe si está triste o simplemente cansado de sostener tanto.
Cansado de amar y no ser correspondido.
Cansado de querer darlo todo y sentir que, al final, vuelve a quedarse con las manos vacías.
Yo no odio a nadie. Nunca supe hacerlo.
Ni siquiera a quien me rompió cuando más necesitaba que me cuidara.
Ni siquiera a la vida por llevarse a Lobo, que no fue sólo un perro, sino mi hermano, mi confidente silencioso, el único que se quedaba sin condiciones mientras todo lo demás parecía derrumbarse.
Pero tampoco sé amar como lo hacen los demás.
O quizá sí, y ese es el problema: que amo con una intensidad que asusta, que me desarma.
Que cuando quiero a alguien lo pongo por delante de mí.
Que cuando creo en un vínculo, lo hago sin reservas. Sin blindajes.
Y tal vez por eso, cada adiós se siente como una pequeña muerte.
Como si una parte de mí también se fuera con lo que pierdo.
Como si reconstruirme siempre implicara quedarme un poco más solo en el camino.
Lo cierto es que estos días me han cambiado.
Lobo se fue, y con él se fue parte de mi historia.
El “te amaré” que no sé si ella leerá algún día, lo escribí con las entrañas, como todo lo que ha marcado este último tiempo.
Y aún así…
Aún así no dejo de creer que alguien, en algún lugar, será capaz de mirar más allá de lo que aparento.
De ver que detrás de todo lo que callo hay alguien que quiere ser amado de verdad. No por lo que da, no por lo que aguanta, sino por quien es cuando ya no le quedan fuerzas.
Me cuesta hablar de esto, incluso ahora que escribo.
Porque ponerle nombre al vacío no lo llena, pero sí lo hace más real.
Y sin embargo…
Aquí sigo.
Amando sin saber del todo cómo se hace.
Soltando cuando no queda más opción.
Sosteniéndome en lo único que nunca me ha fallado: la palabra.
No sé cuánto más tengo por entregar, ni cuándo volverá a doler como ahora.
Pero sí sé que hay una parte de mí que no se rinde, que no se apaga.
Esa parte que, aunque rota, sigue creyendo que merece ser amada.
Y que un día…
Continuará…
Deja un comentario