Jamás imaginé que alguien pudiera llegar a ser tan valioso para mí.
Y sin darme cuenta, sin buscarlo siquiera, llegaste tú… y todo cambió.
Desde el primer día, desde esa forma tan tuya de entrar en mi vida y desordenarlo todo sin romper nada, yo me aferré —casi sin saberlo— a la idea de que te quedarías para siempre.
Me ilusioné, soñé despierto contigo. Hice planes, dibujé un futuro.
No te voy a mentir: yo te veía en todos mis “para siempre”.
Y puede que me haya precipitado, puede que me haya entregado sin red… pero es que eras tú.
Siempre quise que tú fueras mi último amor.
Sé que pasaron cosas que nos dolieron.
Palabras, ausencias, silencios… cosas que tal vez ninguno supo manejar del todo.
Y aun así, dentro de todo eso, fue hermoso encajar contigo.
Porque encajamos. Como pocas veces ocurre. Como si ya nos conociéramos de antes.
Y eso… eso no lo olvido. Ni lo quiero olvidar.
Me costó una eternidad empezar a soltarte.
Y aún me sigue costando.
Porque contigo fui sin filtros, sin máscaras.
Contigo entendí lo que era amar sin condiciones, sin peros, sin estrategias.
Y por eso duele tanto. Porque te amé de verdad.
Y aunque ya no estés, ese amor no se ha ido.
Solo se ha vuelto más silencioso.
Más íntimo. Más mío.
Nunca imaginé que lo nuestro terminaría así.
Y aunque no lo elegí, agradezco cada momento.
Cada mirada, cada palabra, cada detalle.
Gracias por haber estado, incluso si al final tu lugar ya no era a mi lado.
Gracias por enseñarme lo que es amar sin esperar nada más que una sonrisa.
Y perdóname… por todo lo que no supe hacer mejor.
Hoy me duele el alma.
Me duelen los recuerdos, me duelen los sueños que ya no serán.
Estas lágrimas no son de debilidad, son de amor. De ese amor que, aunque no pudo con todo, fue real hasta el último suspiro.
Solo te pido algo: no me olvides.
Porque yo no lo haré.
A veces cierro los ojos y vuelvo a ese día en que me dijiste que me querías, cuando tus palabras me hacían creer que lo nuestro era invencible.
A veces esos recuerdos me sostienen.
Otras, me rompen por dentro.
Pero no los cambiaría por nada.
Porque soltarte, cuando te imaginé eterna, es una batalla que sigo perdiendo.
Aun así, doy gracias por haberte conocido.
Porque incluso con el dolor que llevo ahora, nunca me arrepentiré de haberte amado.
Y hoy… aunque me duela, aunque me cueste incluso respirar… elijo dejarte ir.
Porque también necesito sanar.
Porque si tú estás bien, yo… de algún modo… estaré bien también.
O aprenderé a estarlo.
No sé lo que el destino guarda para nosotros.
Pero si algún día —y solo si ese día llega— el universo decide cruzarnos otra vez, y nuestras almas siguen reconociéndose…
Ojalá podamos mirarnos con todo lo que no supimos decirnos ahora.
Con esto no te digo adiós.
Solo te dejo libre.
Y me dejo libre también.
Porque hay personas que no se olvidan.
Solo se aprenden a querer en silencio.
Y tú eres, sin duda… una de esas.
Continuará…
Deja un comentario