838. Cuando el silencio era mi respuesta

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Serie: Aprendiendo a sentir (I)

Nunca entendí por qué, después de discutir o tener un problema, actuaba como si nada hubiera pasado.

Ni mi voz temblaba ni mi pulso se alteraba: simplemente cambiaba de tema.

A mi alrededor todo seguía igual… salvo la persona que tenía enfrente, que se quedaba con el nudo atascado en la garganta mientras yo hablaba de cualquier cosa menos de lo que acababa de doler.

Con S era así.

Ella necesitaba repasar la herida, limpiarla, cerrarla con palabras.

Yo, en cambio, me marchaba de la conversación sin moverme del sitio.

Y ese silencio la hacía sentirse invisible, como si su dolor fuera una exageración.

Tardé demasiado en ver el daño que provocaba.

Todas mis relaciones acumulaban esa misma queja: “nunca hablas de lo que duele”.

Pero seguí repitiendo el patrón hasta que comprobé que estaba perdiendo a la persona más importante de mi vida.

Ese día, —tarde, pero todavía a tiempo de salvarme a mí— pedí ayuda profesional.

Descubrir la palabra que explicaba mi falta de palabras

Mi psicólogo me habló de alexitimia: la dificultad para identificar y expresar emociones.

Fue como encender la luz.

Comprendí que crecer sin herramientas emocionales te lleva a sobrevivir desconectándote.

Que cuando nadie te enseñó a nombrar lo incómodo, la única estrategia es fingir que no ocurrió.

Eso no era indiferencia: era evasión.

Por desgracia, para S la explicación llegó demasiado tarde: ella decidió irse y llevó consigo lo más bonito que he vivido. Ahora está rehaciendo su vida en brazos de otra persona y aunque no la culpo de nada, siempre tendré dentro la espinita de qué habría pasado si en lugar de ir al psicólogo yo sólo ese primer día sin que ella lo supiera, le hubiese pedido que me acompañara.

Desde entonces han pasado casi doce meses de terapia.

Hoy tengo 43 años y estoy aprendiendo, por primera vez, a sentir, con nombre y apellidos.

He descubierto la rabia detrás del silencio, el miedo detrás de la calma, la culpa detrás de cada “no pasa nada”…

También he visto algo que duele: nadie me conoce de verdad.

Porque todo lo que mostraba era la versión anestesiada de mí.

El contraste que me empuja a seguir

En medio de ese aprendizaje se cruzó J.

No llegó para rellenar un hueco ni para salvarme; apareció con la paciencia suficiente para sostener mis tropiezos emocionales sin huir.

Con ella ensayo lo que voy descubriendo:

– decir “esto me duele” sin sentir vergüenza,

– quedarme en la conversación cuando el cuerpo pide escapar,

– respirar en vez de levantar muros.

No siempre lo consigo, pero cada vez tardo menos en volver al centro.

Y ese pequeño avance, que a veces parece insignificante, es un mundo para quien ha vivido desconectado.

Lo que viene

Empiezo hoy esta serie —Aprendiendo a sentir— para poner por escrito lo que voy descubriendo: los logros torpes, las recaídas silenciosas, las primeras veces en las que identifico una emoción antes de que estalle.

Quizá así, cuando llegue el aniversario de aquella ruptura, pueda mirar atrás y decirme que no fue en vano.

Perdí a S, sí, pero aprendí a encontrarme y aunque no he conseguido mitigar ese dolor e incluso hay días en los que la intensidad hace pensar que no ha pasado ni un rato, sé que he dado muchos pasos hacia adelante.


Epígrafe

A veces hace falta perder la voz de quien amas para empezar a escuchar la tuya.

Continuará…

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