839. El silencio que dolía más que cualquier palabra

By

Primera entrada de la serie: “Descubrí lo que me pasaba… justo cuando ya era tarde”

No hubo un día concreto en el que todo se rompiera. No hubo un grito, una traición, una última palabra. Solo un cambio sutil. Una sensación. Un frío que empezó a instalarse entre nosotros y al que yo no supe ponerle nombre. Pero ella sí lo sintió. Y aunque no me lo decía del todo, su mirada empezó a decirlo por ella.

Yo no entendía qué estaba pasando. O no quería entenderlo. Supongo que durante años aprendí a sobrevivir evitando todo lo que dolía. Me volví experto en pasar de largo por las emociones, en cambiar de tema, en hacer como si nada. Era mi forma de defenderme. Una estrategia aprendida en silencio, cuando ser fuerte era no sentir, no incomodar, no molestar.

Pero justo cuando empecé a darme cuenta de que algo en mí no estaba bien, ya era demasiado tarde.

Sara… S… ya se estaba yendo (sé que esta ocasión es la primera que escribo su nombre en todas las entradas del blog y, seguramente, sea la última).

El amor de mi vida se estaba escapando entre mis manos sin que yo supiera cómo detenerlo. Porque, por más que sentía cosas por dentro, no sabía cómo expresarlas. Y cuando por fin me atreví a buscar ayuda, a sentarme en la consulta de un psicólogo por primera vez y decir en voz alta “creo que hay algo en mí que no funciona”, ella ya había empezado a rendirse. Habían pasado apenas dos sesiones cuando todo terminó.

Lo más duro no fue solo perderla. Fue ver cómo, de pronto, ella comenzó a comportarse como si nuestra historia nunca hubiera existido. Como si los abrazos, las canciones, las conversaciones en voz baja, el cuidado mutuo, la risa compartida… como si todo eso se hubiera borrado de un plumazo.

Y ahí estaba yo, descubriendo que lo que me pasaba tenía nombre: alexitimia. Una palabra rara, que pocos entienden, pero que a mí me explicó muchas cosas. Comprendí que mi forma de desconectarme del conflicto no era frialdad ni desinterés: era una respuesta automática aprendida desde muy joven, cuando nadie me enseñó a gestionar lo incómodo y lo emocional.

Crecí pensando que actuar como si nada había pasado era lo normal. Que evitar una discusión era una forma de proteger a quien quería. Pero con ella descubrí que no hablar también duele. Que el silencio pesa. Que cuando alguien te ama, necesita saber que le escuchas, que validas lo que siente, que estás ahí de verdad.

Y lo más cruel de todo fue darme cuenta de eso cuando ya no podía demostrarle nada. Cuando ella, que me dio tanto, ya se había marchado con su herida sin cerrar.

Desde entonces, ha pasado un año. Llevo doce meses reconstruyéndome desde las ruinas, descubriendo cómo es realmente el mundo emocional cuando dejas de huir de él. He aprendido a sentir, a ponerle palabras a lo que antes solo era ruido en mi cabeza. He aprendido a mirar atrás y entender, sin culpa, pero también sin excusas.

Ella me dijo, no hace tanto, que estaba orgullosa de mi cambio. Y sí… me alegro. Pero también sé que para ella nuestro tiempo ya pasó. Lo acepto, aunque aún me duela.

Quizá si lo hubiera comprendido antes… no lo sé. Tal vez no tendríamos que habernos soltado. Quizá habríamos aprendido juntos. Porque éramos felices, joder. Nos cuidábamos de verdad.

Hoy sé que nadie me conoció del todo, ni siquiera yo mismo. Pero también sé que estoy empezando a hacerlo.

Y eso, aunque llegue tarde para nosotros, llega justo a tiempo para mí.


Epígrafe

Y quizá lo más duro de todo… es que nadie, absolutamente nadie, me conoce realmente, porque lo que he mostrado durante gran parte de mi vida no era quien soy, sino quien aprendí a ser para sobrevivir. Y ahora que estoy empezando a mostrarme tal como soy, ya no está la persona que más quería que me conociera de verdad.

Continuará…

Posted In ,

Deja un comentario