Tercera entrada de la serie: “Descubrí lo que me pasaba… justo cuando ya era tarde”
Recuerdo esa etapa como si la viviera desde fuera. Como si fuera una versión de mí mismo que observaba todo sin poder intervenir.
Justo cuando empezaba a entender lo que me pasaba.
Justo cuando supe que lo que siempre me había confundido tenía un nombre.
Justo cuando por fin había una explicación detrás de cada gesto que antes no sabía cómo justificar.
Fue entonces cuando desapareció.
Y no fue una despedida con lágrimas ni palabras. Fue algo más cruel: la indiferencia. El vacío. La nada.
Como si de pronto todo lo vivido no hubiera existido. Como si no hubiera significado nada para ella.
Como si yo hubiera sido el único que creyó en esa historia.
Y aún hoy, no sé si fue realmente así… o si es solo la percepción de alguien que no supo cómo demostrar que también estaba sufriendo.
Yo no era capaz de explicarle lo que me pasaba, no porque no quisiera, sino porque no sabía cómo.
¿Cómo poner en palabras algo que ni siquiera tú entiendes del todo?
¿Cómo decirle a alguien que la estás perdiendo mientras en tu interior gritas por ayuda, pero tu silencio lo arruina todo?
Solo llevaba un mes en terapia. Apenas dos sesiones. Había empezado por ella, por el daño que vi reflejado en sus ojos, por ese dolor que supe que le estaba causando sin querer.
Mi forma de evitar los conflictos, de cambiar de tema, de actuar como si nada… ahora sé que todo eso no era frialdad ni falta de amor.
Era alexitimia.
Era miedo.
Era una vida entera sin herramientas para gestionar el dolor.
Y cuando quise hacer algo para remediarlo, ya no había nadie al otro lado.
Me rompí del todo. Porque entendí que no bastaba con sentir amor si no sabes cómo mostrarlo. Que no basta con querer a alguien si no sabes cuidar su mundo interior.
Y dolió.
Dolió como no me había dolido nada antes.
Porque no solo perdí a la persona que más he amado… también perdí la oportunidad de mostrarle quién era yo de verdad, una vez comprendido el porqué de mis actos.
Me he reconstruido desde entonces, eso no lo niego. He crecido. He aprendido. He sentido cómo el dolor, en lugar de hundirme, me empujaba a mirar dentro.
Pero también me he quedado con preguntas sin respuesta, con momentos que ya no podré corregir, con gestos que quise tener y nunca llegué a dar.
Y sí… aunque ya no esté, a veces me gustaría que lo supiera.
Porque con ella yo era feliz. Y también lo era ella, lo sé.
Porque lo que construimos era real, aunque mis silencios lo pusieran en duda.
Porque si todo esto lo hubiera sabido antes… estoy seguro de que habríamos encontrado la manera.
Epígrafe
“No me dolió que se fuera… me dolió que justo cuando por fin entendí cómo quedarme, ya no estuviera esperándome.”
Continuará…
Deja un comentario