Cuarta entrada de la serie: “Descubrí lo que me pasaba… justo cuando ya era tarde”
Durante años, creí que lo que hacía era lo correcto. Que callar evitaba problemas. Que si no hablaba, si no insistía, si no discutía, estaba protegiendo el vínculo.
Crecí creyendo que evitar el conflicto era sinónimo de cuidar. Que mantener la calma lo solucionaba todo.
Nunca imaginé que ese silencio, ese intento de no herir, terminaría haciendo aún más daño.
S siempre necesitó hablar, aclarar, comprender.
Necesitaba poner en palabras lo que sentía, cerrar las heridas antes de seguir adelante.
Y yo, cada vez que había un problema, solo sabía hacer una cosa: enterrarlo y actuar como si no hubiera pasado nada.
No por maldad, no por frialdad.
Por miedo.
Porque me aterraban las emociones intensas. Porque no sabía qué hacer con una discusión. Porque cada vez que sentía que alguien se alejaba, lo único que sabía era cerrar los ojos y esperar que todo volviera a la normalidad sin tener que enfrentar el motivo.
Y eso, sin saberlo, la rompía.
Con el tiempo —y con terapia— entendí que aquello no era madurez ni autocontrol. Era una desconexión emocional aprendida, una forma de sobrevivir sin tener herramientas para procesar lo que dolía.
Lo que para mí era un mecanismo de defensa, para ella era una forma de invalidar lo que sentía.
Y me cuesta mucho perdonarme por eso.
Porque ahora lo sé.
Ahora entiendo cada una de sus reacciones. Cada vez que me decía que se sentía sola incluso estando a mi lado. Cada vez que me pedía que hablara, que le explicara, que la mirara como si de verdad estuviera ahí.
Y yo… solo sabía hacer lo que siempre había hecho: quedarme callado y esperar que pasara la tormenta.
Me duele reconocer que lo aprendí tarde.
Que mi forma de amar nunca fue desinteresada, pero sí torpe. Que sí me importaba, pero no supe demostrarlo de la forma que ella necesitaba.
Que sí la amaba… aunque desde fuera pareciera que no.
Sé que para ella nuestro tiempo ya pasó. Me lo ha dicho, y no voy a insistir.
Pero cada paso que doy hoy en mi crecimiento tiene su nombre detrás.
Porque fue gracias a su dolor que entendí el mío.
Fue al verla sufrir por cómo yo evitaba lo incómodo, que por fin decidí enfrentarme a todo eso que durante tantos años callé, ignoré, maquillé.
Lo más paradójico es que hoy que sí sé cómo hacerlo, ya no tengo a quién demostrarle que he aprendido.
Epígrafe
“No era falta de amor, era falta de lenguaje emocional. Y cuando lo encontré… ya nadie me estaba escuchando.”
Continuará…
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