Serie: Donde se cruzan
Hay personas con las que el vínculo no se mide en tiempo, sino en miradas que lo dicen todo sin palabras, en silencios que no incomodan, en gestos que solo ellos entienden.
Complicidad.
Eso que no se fuerza ni se finge.
Eso que nace cuando dos almas se reconocen sin necesidad de disfrazarse.
Eso que convierte cualquier lugar en refugio, cualquier conversación en hogar, cualquier abrazo en tregua.
Pero a veces… esa complicidad sobrevive a la distancia.
Y ahí duele.
Porque sabes que hay alguien que te conoce como pocos, pero ya no está cerca.
Porque el hilo invisible sigue latiendo, pero las manos ya no se rozan.
Porque hay cosas que aún te gustaría contarle… y te las tragas.
Porque cuando algo te pasa, su nombre es el primero que piensa tu corazón y el último que permite tu orgullo.
La complicidad no desaparece con la ausencia.
Se transforma en eco.
En recuerdo compartido.
En esa frase que nadie más entendería.
En ese gesto que aún harías si estuviera enfrente.
Y aunque sepas que ya no volverá, que ya no es “nosotros”, que cada quien va rehaciendo su mundo por separado… a veces te sorprendes sonriendo al recordar cómo era todo con ella.
Y otras veces, esa sonrisa se te rompe en la boca.
Porque cuando la complicidad ha sido real, la distancia no la borra… la convierte en nostalgia.
Epígrafe
“A veces, la complicidad no se pierde… se queda a vivir donde ya no puedes volver.”
Continuará…
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