Llevo varios días reflexionando sobre algo… y un comentario en mi última entrada, de mi compañera del blog “Mi Viaje a la Lectura”, me ha empujado a escribir esto.
Lo hago por mí, por S, por mi mundo… y por cualquier persona que alguna vez haya amado de verdad y aún así se haya sentido invisible.
La pregunta es sencilla, pero la respuesta me ha costado mucho tiempo:
¿Realmente quiero o necesito que ella se dé cuenta de lo que perdió?
¿De que me valore?
Y, por fin, creo que tengo la respuesta:
Me da absolutamente igual.
Porque lo haga o no… mi vida, mis sentimientos y mi entorno van a seguir siendo los mismos.
Ya no espero reconocimiento. Ya no necesito justicia emocional.
Hace algo más de tres años que entró en mi vida. Y desde el día uno aposté por ella en todas sus formas: como persona, como profesional, como mujer. Lo hice creyendo en su esencia, no en lo que mostraba al mundo. Lo hice incluso por encima de la fe que ella tenía en sí misma.
Aunque durante un tramo de nuestra relación no supe hacerlo todo como le habría gustado, siempre actué de la mejor forma que pude, con las herramientas que tenía entonces. Lo hice con amor, torpe a veces, pero real.
Y desde que rompimos, he seguido haciendo lo mismo: priorizándola.
Buscando su paz incluso por encima de la mía.
Apoyándola sin condiciones, desde la sombra.
Sosteniéndola sin que ella lo sepa, o sin que quiera saberlo.
¿Por qué ahora me da igual si un día lo valora?
Porque la quiero… pero cada día la odio un poquito más.
Porque hace cosas que me duelen, y lo sabe.
Porque no es ingenua. Porque sabe lo que hay y aun así actúa como si nada.
Porque cada día tengo más claro que, mientras yo comenzaba terapia y trataba de entender lo que me pasaba por dentro, ella ya tenía sus primeros contactos con su pareja actual.
Y eso duele. Porque yo aún luchaba por los dos.
Porque mientras yo me reconstruía para no rompernos, ella ya se había ido.
Porque me ha manipulado emocionalmente más veces de las que quiero admitir.
Porque jugó con mi amor, con mis ganas de arreglarlo todo.
Porque la idealicé tanto… que no supe ver que jamás mereció ese pedestal.
Ni por cómo me hablaba. Ni por cómo me apartaba. Ni por cómo me trataba cuando me tenía.
Y por todo esto, y por mucho más que me callo, prefiero que siga en su ceguera emocional.
Si algún día se da cuenta de lo que fue esto… ya será tarde.
Porque hoy, escribiendo estas palabras, yo ya he abierto los ojos.
Y sé que dolerá otra vez, y sé que volveré a caer, y sé que vendrán más días rotos.
Pero también sé algo más: el dolor ya no será el mismo.
Y eso, aunque aún no sea paz, ya es un comienzo.
Epígrafe
“A veces no se trata de que el otro lo entienda. Se trata de que tú, por fin, lo veas claro.”
Deja un comentario