868. Cuando por fin hablas y alguien te escucha

By

Anoche hablé con uno de mis mejores amigos.

Uno de esos que han estado siempre, que te han visto crecer, que han compartido contigo carcajadas, partidos, etapas… pero no todo.

Porque hay cosas que ni siquiera a ellos les he podido contar nunca.

Porque a veces se puede tener una vida entera al lado de alguien… y seguir escondiendo quién eres de verdad.

Hablamos durante horas.

Y por primera vez en mucho tiempo, me sentí escuchado de verdad.

Pero no porque él no me hubiera escuchado antes —siempre ha estado—, sino porque esta vez fui yo quien se atrevió a hablar desde un lugar al que casi nadie tiene acceso.

Le hablé de mi alexitimia.

De esa dificultad que arrastro desde siempre para identificar, poner nombre o expresar lo que siento.

De cómo eso me hizo crecer con una coraza invisible, con la sonrisa lista para los demás, pero con un mundo emocional que siempre quedó encerrado bajo llave.

Soy buen oyente, siempre he sabido, o al menos he intentado, estar para todos… pero pocas veces he sentido que alguien conozca realmente lo que ocurre dentro de mí.

Y no porque no quiera, sino porque no sé cómo.

Le hablé de S.

De todo lo que fue, de lo que creí que era.

De cómo intenté cuidarla incluso cuando yo mismo me estaba rompiendo.

De cómo, por no saber comunicarme, por no pedir ayuda a tiempo, por no entender lo que me pasaba por dentro, fallé en momentos importantes.

Y de cómo, incluso cuando empecé a entenderme y a cambiar, ya era tarde para los dos.

Le conté también lo que vino después de la ruptura.

El vaivén emocional.

Las señales confusas.

La esperanza inútil.

El dolor de sentirme usado a ratos, querido a destiempo, culpable por cosas que no eran sólo mías.

Le conté cómo todavía me afecta verla, cómo me rompo por dentro aunque por fuera parezca que estoy entero.

Le confesé que me duele haber sido su apoyo cuando ella necesitaba sostén, y que ahora que soy yo quien necesita un poco de luz, ella ya no está.

O peor aún: está, pero como si no hubiera existido todo lo que compartimos.

Mi amigo se quedó callado durante un rato.

Y entonces me dijo algo que no olvidaré:

“Joder, Óscar… no tenía ni idea.¿Cómo puedes haber llevado esto solo tanto tiempo?”

No supe qué decirle.

Pero en ese silencio, me sentí comprendido.

Por primera vez en mucho tiempo, alguien me vio sin filtros.

No el Óscar fuerte. No el que escribe bonito. No el que aguanta.

Sino el que todavía está aprendiendo a ser humano sin tener que esconderse detrás de una sonrisa.

Y entendí algo importante:

Quizá el dolor no desaparezca.

Quizá la herida siga abierta.

Pero hablarlo, ponerle nombre, compartirlo con quien te quiere de verdad… es el primer paso para no sentir que estás solo en esto.

Esta conversación no arregla mi historia con S, ni borra todo lo que pasó.

Pero sí ha empezado a quitarme un poco del peso que llevo dentro.

Porque hablar, aunque cueste, también es sanar.

Y porque, a veces, abrirte a alguien es el mayor acto de valentía cuando llevas años escondido tras una coraza que ya no quieres cargar más.


Epígrafe:

A veces no necesitas que alguien te salve, solo que escuche sin juzgar cuando por fin decides mostrarle tu verdad.

Continuará…

Posted In ,

Deja un comentario