Me merezco ser feliz.
No por todo lo que pueda haber logrado, sino por todo lo que he intentado aun cuando no sabía cómo hacerlo.
Porque aunque muchas veces sentí que me rompía por dentro, seguí adelante.
Y eso… eso también es valentía, aunque casi nunca me lo haya reconocido.
Me merezco un amor que no duela.
Un “te quiero” que no tenga fecha de caducidad ni condiciones disfrazadas de cariño.
Un abrazo que no esconda culpa ni heridas invisibles.
Un refugio donde no tenga que fingir que estoy bien para no incomodar.
Un lugar donde pueda llorar sin miedo, reír sin culpa, y quedarme sin tener que pedir permiso.
Porque ya estuve muchas veces al borde del precipicio.
Porque caí.
Y porque volví.
Y aunque no siempre sé cómo contarlo, aunque me atragante al intentar ponerlo en palabras, aunque muchos ni lo sospechen…
Eso me convierte en alguien más fuerte de lo que imaginan.
No permitiré que nadie vuelva a apagarme.
Porque durante mucho tiempo me fui apagando por amor.
Fingí estar bien para no perder a alguien.
Me tragué palabras para no romper lo poco que quedaba.
Y acabé rompiéndome a mí.
Pero hoy… hoy me lo repito, aunque me tiemble la voz:
Me merezco ser feliz.
No como premio, sino como derecho.
No por ser perfecto, sino por no haberme rendido incluso cuando todo dentro de mí gritaba que lo hiciera.
Que esta sea mi promesa.
Y también la tuya, si estás leyendo esto y sientes que algo de ti está aquí dentro.
No permitas que te apaguen.
No vuelvas a quedarte donde solo te sostienen por la mitad.
No vuelvas a amar desde la rendición.
Porque tú también lo mereces.
Porque volver después de la caída… también te hace increíble.
Epígrafe:
“Merecer no es arrogancia. Es recordar que resistir también es motivo de orgullo.”
Continuará…
Deja un comentario