Hay un momento en el proceso en el que no puedes decir que ya no duele, pero tampoco puedes negar que algo está cambiando.
No porque hayas dejado de querer, ni porque el vacío se haya cerrado de golpe, sino porque por fin has empezado a aceptar que no todo lo que se quiere puede quedarse. Que por mucho que duela, no puedes seguir guardando un sitio para alguien que hace tiempo dejó de ocuparlo.
Y no sabes muy bien cómo explicarlo, pero esa pequeña grieta en la rutina… te está devolviendo un poco de aire. Esa decisión interna, aunque no sea firme del todo, te ha traído algo que ya dabas por perdido: descanso emocional.
Sigue doliendo, sí. Pero ya no es ese dolor que arrasa con todo. Ahora es un eco. Un silencio incómodo que a veces aún susurra su nombre, pero ya no te paraliza.
No se trata de un cierre perfecto. Ni siquiera sabes si algún día llegará. Pero has dejado de intentar querer desde el mismo lugar donde solo recibiste daño. Has decidido no buscar fuera lo que aún no has logrado ordenar dentro. Y eso, aunque parezca pequeño, es enorme.
Porque por fin entiendes que no todo amor debe transformarse en historia. Que hay personas que fueron tu lugar… pero no tu destino.
Y que no te toca aferrarte, sino soltar… aunque te tiemble el alma al hacerlo.
Estás aprendiendo a vivir sin esperar lo que ya no va a llegar.
Y eso también es una forma de sanar.
Epígrafe:
“Porque aunque aún me duela… ya no duele igual. Y eso, aunque nadie lo vea, es mi forma de volver a empezar.”
Continuará…
Deja un comentario