Epígrafe:
“Porque hay gestos que no se entienden… hasta que uno necesita cerrar una historia desde dentro.”
Hoy me volví a romper un poco.
Llevaba semanas —meses— con un pequeño regalo guardado. Una bola del mundo. Algo simbólico, algo cargado de significado. Y una carta. Una carta que escribí para el final. Para ese día, en septiembre, cuando se confirmara su ascenso y yo pudiera pedir mi traslado. Un cierre esperado. Un adiós previsto. Una despedida medida, como si fuera posible ponerle horarios al dolor.
La carta se titulaba “Cuando ya no quede nada más que decir…”, porque eso era exactamente lo que pensaba entregar cuando mi tiempo junto a ella, incluso en el mismo espacio físico, terminara. Quería hacerlo entonces, cuando la distancia fuera inminente y definitiva, cuando ya no quedara lugar para las miradas cruzadas, los silencios compartidos, las preguntas sin respuesta.
Pero no siempre podemos cumplir con nuestros planes. A veces los días se tuercen o se abren. A veces uno se cansa de guardar. De contener. De sostenerse.
Y hoy, en un momento de flaqueza o quizás de firmeza —quién sabe ya la diferencia—, decidí dárselo. Le entregué esa bola del mundo y la carta que tanto me había costado escribir.
No fue un gesto cualquiera. Para mí significaba mucho más que un simple detalle. Era mi forma de soltar, de liberarme, de no quedarme con nada dentro. Era un “aquí te dejo esto, porque ya no puedo más con todo lo que no se dice”. Porque a veces, por más que uno quiera esperar el momento perfecto, lo urgente no es el cuándo, sino el poder soltarlo por fin.
Quizás el hecho de cómo ha empezado a cambiar mi forma de ver la situación tenga algo que ver. Estos últimos días, algo en mí ha ido transformándose en silencio: no la espero ya, o al menos me repito que no lo hago. No le guardo su sitio, o al menos me convenzo cada mañana de que ya no está. No busco nada en nadie más, no por fidelidad a un recuerdo, sino por respeto a lo que siento… y a lo que no quiero hacerle a nadie.
Y en ese proceso, hoy me salió decir adiós de otra manera. Sin despedirme aún físicamente. Sin irme todavía. Pero con el corazón decidido.
Porque a veces uno se despide antes de irse.
Y no por rencor.
Sino porque sabe que no puede quedarse más.
Continuará…
Deja un comentario