Epígrafe:
“Porque hay amores que no entienden de distancia, ni de olvido, ni siquiera del tiempo.”
¿Y qué importa que estés tan lejos?
¿Y qué si ya no me miras, si apenas me hablas o si, cada vez que coincidimos, siento que te desconectaste de mí hace siglos?
¿De verdad crees que la distancia borra lo que fue real?
¿Que dejaré de quererte solo porque tú decidiste marcharte?
Como si el corazón tuviera un botón de apagado, como si todo esto que siento dependiera de la lógica o la geografía.
Podrías estar al otro lado del mundo, o más lejos aún, en el extremo olvidado de alguna galaxia a la que ni siquiera alcanza la memoria… y aún así seguirías viva en mí.
No sé cómo lo lograste, pero formas parte de lo que soy.
Estás en mis gestos más pequeños, en las canciones que me desarman, en los silencios que no entiendo, en los abrazos que no doy.
Y no es que quiera vivir atado a ti, no.
Es que no quiero mentirme diciendo que ya no estás cuando sé perfectamente que, aunque duela, sigues aquí… en ese rincón secreto donde guardo lo que no puedo soltar.
Podría borrarlo todo. El pasado, las fotos, las promesas.
Podría intentar reescribirme sin ti.
Pero ni siquiera borrando mi memoria te borraría de mi vida, porque no eres un recuerdo: fuiste un hogar.
Y por más que te hayas ido, todavía hay habitaciones de mi alma que llevan tu nombre en la puerta.
Lo sé: merezco soltar.
Lo sé: merezco paz.
Y créeme, estoy en ello.
Pero una parte de mí… aún se aferra a lo que fuimos.
Y esa parte, aunque cansada, sigue intentando cuidarte en silencio, desde lejos, como quien ya no espera nada, pero tampoco puede dejar de sentir.
No por costumbre. No por obsesión.
Sino porque amarte fue —y es— tan real, que ni siquiera el universo entero ha logrado alejarme del todo de ti.
Continuará…
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