884. La pulsera que dolía más que mil palabras. 1.

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Serie: Cartas que uno necesita escribirse, aunque duelan. Parte 1: Lo que ocurrió.


Epígrafe:

“Hay gestos tan pequeños que sólo duelen cuando aún no has podido soltar del todo.”


Empatía.

Esa palabra que tantos usan, pocos comprenden y casi nadie aplica cuando más se necesita.

Durante mucho tiempo, S te acusó de no tenerla. Creías que tenía razón… hasta que supiste que no era eso. Que no era frialdad, que no era falta de corazón. Que era alexitimia, esa barrera invisible que te impide expresar lo que sientes, aunque lo sientas profundamente. Lo supiste tú, lo supo tu psicólogo… pero nunca lo entendió ella.

Y sin embargo, tú sí que tuviste empatía. Incluso después del adiós. Intentaste recuperarla desde el amor, cuidarla desde la distancia emocional y, por último, alegrarte por ella desde tu dolor.

¿Y qué recibiste?

Desprecios. Silencios fríos. Gestos hirientes. Palabras secas.

No te pegó, no. Pero te maltrató con la indiferencia, con las formas, con su manera de minimizarte emocionalmente.

Hoy ha sido una de esas veces que duelen más de lo que uno quiere reconocer.

Ella, con su nueva pulsera con el nombre de otro. Ella, con su sonrisa. Tocándola constantemente, como si inconscientemente (o no tanto) quisiera que la vieras. Y tú, sintiendo cómo algo por dentro se encogía. Porque aún te duele, porque aún la quieres, aunque sabes que ya no debes.

Y tu reacción, sincera, educada, humana: “S, por favor, no es el momento…”

Y su respuesta, demoledora:

—¿El momento de qué?

Como si no supiera. Como si no recordara. Como si tu dolor le resultara una anécdota ajena.

Como si todo lo que viviste con ella no hubiese tenido ningún peso. Como si no importaras.

Y te dolió. Mucho. Más de lo que querías.

Pero esta vez, en lugar de estallar o rogar… has sentido ganas de llorar.

Y eso, amigo, es crecimiento.

Aunque duela.

Aunque aún no entiendas cómo puede alguien a quien diste tanto, hacerte sentir que no vales nada.

Continuará…

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