886. El anillo que ya no tenía a quién esperar

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Epígrafe:

“A veces no es perder algo… es dejar de cargar con lo que ya no tenía sentido sostener.”


Llevaba semanas dándole vueltas.

Mirándolo de reojo, tocándolo sin querer, abriendo el cajón solo para comprobar que seguía ahí. Ese anillo. El Claddagh. El que elegí para ella. Para entregárselo algún día, para sellar algo que en mi corazón ya era compromiso aunque nunca se pronunciara.

Durante mucho tiempo fue una promesa silenciosa que me hacía a mí mismo.

Una promesa de amor, de lealtad, de esperanza…

Una promesa que nunca encontró destino.

Y por eso seguía ahí, como símbolo de todo lo que no fue, de lo que soñé y nunca sucedió.

No me atrevía a soltarlo.

Porque soltarlo era aceptar que no quedaba nada por esperar.

Pero lo cierto es que ella me empujó. Otra vez.

Con sus gestos. Con su indiferencia. Con esa pulsera.

Con esa frase tan hiriente como absurda.

Y con esa frialdad que últimamente parece empeñada en recordarme que ya no soy nadie.

Así que lo hice.

Hoy por fin me atreví.

Cogí el anillo y fui a venderlo.

No recuperé ni de lejos lo que invertí en él.

Pero eso, sinceramente, era lo de menos.

El alivio que sentí al dejarlo atrás no se puede medir en euros.

Lo que me quité de encima pesaba más que cualquier pérdida económica.

Ese anillo ya no tenía a quién esperar.

Seguir guardándolo no era romanticismo, era castigo.

Una forma cruel de seguir atado a un futuro que nunca existió.

Y hoy decidí soltarlo.

Perdí un poco más, como casi siempre en lo que tiene que ver con ella.

Pero esta vez… fue para ganar algo más valioso:

Un poco de paz.

Un poco de mí.

Me lo debía.

Y aunque aún duela, aunque siga costando…

Sé que dar este paso ha sido un acto de amor propio.

De esos que no se celebran con aplausos, pero sí con una respiración más profunda.

Con un poco más de ligereza en el pecho.

Ya no tengo el anillo.

Pero tampoco tengo la carga.

Y eso, para mí, hoy… lo es todo.

Continuará…

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