No sabría decir en qué momento exacto ocurrió.
No hubo un clic rotundo, ni una escena de película.
Simplemente… me desperté y, por primera vez en mucho tiempo, me dolía un poco menos.
No porque ya no me importe.
No porque haya olvidado.
No porque ahora todo tenga sentido.
Sino porque me lo permití.
Porque he llorado sin testigos, he gritado en silencio, he escrito mil veces lo que nunca pude decirte de frente.
Porque me rompí lo suficiente como para entender que seguir esperándote era otra forma de seguir lastimándome.
Hoy no es un día cualquiera.
Hoy me siento distinto.
Porque ya no espero una disculpa.
Ni un gesto.
Ni una mirada que me calme el alma.
Hoy tu indiferencia ya no me desangra como antes.
Hoy sé que el Claddagh que te compré, la bola del mundo que te entregué, la carta que guardé para el final… fueron mis últimas palabras hacia un amor que ya no puede sostenerse más sobre mis hombros.
Y sí, todavía quedan restos.
Todavía duele, pero…
ya no me atraviesa.
Ya no me destruye.
Hoy he ganado algo que no se ve, pero se siente: la paz de saber que hice todo lo que pude, sin perderme del todo en el intento.
Porque te solté.
Porque di el paso.
Porque incluso si perdiera la memoria, estoy seguro de que volvería a quererme como empiezo a hacerlo ahora.
Y por si algún día vuelvo a tambalear: no me hizo falta un accidente para volver a empezar.
Me bastó con la verdad.
Y con la valentía de dejar de negarla.
Epígrafe:
“No duele menos porque haya pasado el tiempo, duele menos porque por fin empecé a mirarme a mí.”
Continuará…
Deja un comentario