Podemos vivir décadas sin apenas tocar el alma de nadie, o podemos ser un instante fugaz que, sin saberlo, deja una marca eterna. No importa cuánto duremos, sino lo que construimos en quienes nos rodean: una palabra que alivió, una mirada que sostuvo, una mano que no soltó a tiempo.
Al final, no quedarán los relojes ni los calendarios, quedará la forma en la que hicimos sentir, las heridas que ayudamos a cerrar, las sonrisas que provocamos y los silencios que llenamos con amor.
Quizás la eternidad sea eso: lo que permanece de nosotros cuando ya no estamos.
Continuará…
Deja un comentario