Hay recuerdos que no solo se guardan… se sienten.
A veces vuelven sin avisar: una imagen, un olor, una canción… y ahí está otra vez ese instante, como si el tiempo no hubiera pasado. No importa si han sido días, meses o años; hay momentos que se quedan tatuados en la memoria y en el alma.
Esos recuerdos pueden salvarte en los días más oscuros. Te recuerdan que alguna vez fuiste feliz, que la vida también sabe regalar luz incluso después de la noche más larga. Y sí, es bonito sostenerlos… pero quedarse a vivir solo en ellos es un riesgo.
Porque cuando todo lo que miras está detrás de ti, corres el peligro de no ver lo que tienes delante.
La verdad es que la vida no dejó de moverse cuando nosotros nos quedamos anclados.
Ahí afuera hay más instantes esperándonos: otros abrazos que no hemos dado, otras sonrisas que aún no conocemos, otros paisajes que quizá nos hagan sentir que estamos exactamente donde debemos estar.
Hoy elijo no renunciar a ninguno de los dos lados: ni al pasado que me enseñó, ni al futuro que me invita a seguir. Camino con lo que guardo… y con lo que me espera. Porque tal vez, sin saberlo, lo más bonito de mi vida aún está por llegar.
“Entre lo que guardo y lo que me espera, decido vivir.”
Continuará…
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