926. Cuando alguien decide marcharse

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“Hay palabras que uno no quiere escribir, porque escribirlas es reconocer lo que dolió de verdad. Pero hay heridas que, al ponerlas en papel, dejan de sangrar tan fuerte. Esta entrada es una de esas confesiones: la que nace del instante en que alguien elige irse y tú entiendes, demasiado tarde, que no hay nada más que hacer.”


Hay verdades que se entienden tarde, casi siempre cuando ya no queda nada más que aceptar.

Una de ellas es esta: si alguien decide marcharse, no debo perseguirlo.

Sé que mi pecho arde, que mi garganta quiere gritar su nombre y que mis manos tiemblan buscando la pantalla de un teléfono vacío. Pero debo recordarme que la dignidad pesa más que la desesperación, que ningún mensaje que nunca llegará merece hundirme en la espera.

Porque cuando alguien se va, me revela el lugar que siempre ocupó en mi historia: un capítulo, no el libro entero.

Y aunque mi memoria intente disfrazarlo con momentos bonitos, su partida me desnuda la verdad que no quería mirar: nunca fue eterno, nunca fue incondicional.

He aprendido a golpes que jamás debería convencer a nadie de quedarse. Que mi amor no es moneda de cambio, ni prueba que deba superar para que alguien decida elegirme.

Si alguien necesita razones para permanecer a mi lado, entonces no entiende lo que soy.

El amor verdadero no se ruega. No se suplica entre lágrimas ni se demuestra con cicatrices. El amor verdadero se reconoce y se cuida sin condiciones, como se cuida un milagro.

Hoy lo sé: quien elige marcharse no me está arrebatando nada, solo me está mostrando que nunca tuvo las manos preparadas para sostenerme.


“Cuando alguien se va, no me roba el amor… me deja espacio para quien sí sepa quedarse.”

Continuará…

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