Hoy tiré de hemeroteca, comencé a leer esas letras que guardé hace meses, cuando todavía la herida estaba abierta y escribir era mi única forma de respirar.
El dolor ya no es el mismo —ahora lo miro de otra manera, con más calma, con cierta distancia—, pero quiero compartirlo porque fue parte de mi camino, de lo que me trajo hasta aquí.
No sabía en qué rincón de la vida quedarían estas palabras. Ni si algún día llegarían a ti. Pero entonces necesitaba soltarlas… porque si no, me habrían pesado para siempre.
En aquel momento solo podía repetirme que:
“Cuando yo te amé, no te amé con el corazón. El corazón se cansa, late por costumbre. A ti te amé con el alma: esa parte que no se mide ni envejece, la que permanece aunque todo lo demás cambie.
Desde que llegaste, supe que no eras casualidad.
Fuiste luz donde solo había sombras, calma en medio del ruido, hogar en un mundo que me parecía frío.
No te amé por costumbre ni por necesidad: te amé porque eras la única capaz de desnudar mi alma sin tocar mi piel.
Por eso, cuando llegó el momento de soltarte, me rompí.
¿Cómo se despide uno de lo que lleva dentro?”
Entonces creía que soltar era perder, que significaba quedarme vacío. Hoy entiendo que soltar fue sobrevivir.
Hoy releo estas letras y me reconozco.
Aquel que fui sangraba con cada palabra. Hoy, en cambio, las comparto con otra mirada: la de alguien que aprendió que el amor de verdad no se ruega, no se mendiga, no se implora. El amor real no se encierra, se acompaña, se elige, se sostiene.
Me quedo con la certeza de que lo que vivimos fue real.
Y con la tranquilidad de que ahora sé soltar sin odiar, recordar sin anclarme, querer sin perderme.
Porque aunque lo que amé con el alma siempre viva en mí, ahora sé que también yo merezco volar.
“Fue S, con todo lo que dolió su partida y lo que vino después, quien me empujó a descubrir algo que nunca pensé que sería capaz de aprender: que soltar también es amar, sobre todo cuando ese amor comienza a volcarse, al fin, en uno mismo.”
Continuará…
Deja un comentario