Primera entrada de la serie: De la herida a la esperanza.
Hubo un tiempo en que todo dolía.
El aire pesaba como si no fuera para mí, las noches se convertían en cárceles donde las paredes se llenaban de su nombre, y cada despertar era un recordatorio brutal de que ella ya no estaba.
Me dolía el cuerpo, me dolía la mente, pero sobre todo me dolía el alma.
No había canción, palabra ni abrazo capaz de llenar el hueco que dejó. Y lo peor no era su ausencia, sino el contraste: verla continuar con su vida, ligera, sonriendo, como si soltarme hubiera sido sencillo… mientras yo me hundía en un huracán del que no sabía salir.
Sentía que mi historia se había roto para siempre, que mi tiempo se había detenido en el momento exacto en que me dejó atrás. Y yo… yo me quedé allí, recogiendo ruinas con las manos desnudas, sangrando en cada intento de reconstruirme.
Fue el inicio de todo: de las noches interminables, de la sensación de no ser suficiente. Fue donde aprendí, a la fuerza, que el amor también puede romperte los huesos del alma.
Ahí empezó mi camino.
El punto cero de esta herida que todavía habla, aunque ya no grite igual que antes.
Continuará…
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