935. Lo que descubrí en el silencio

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Tercera entrada de la serie: De la herida a la esperanza.

El silencio al principio me asustaba.

No era un espacio de paz, sino un eco que amplificaba todo lo que dolía. Me sentaba en la cama o caminaba sin rumbo y, en lugar de calma, encontraba preguntas sin respuesta, recuerdos que arañaban y un vacío que no sabía llenar.

Pero con el tiempo entendí que no era el silencio el que dolía, era yo mismo huyendo de lo que guardaba dentro. Era mi incapacidad de escucharme. Siempre había corrido hacia fuera, hacia lo que podía dar a otros, hacia lo que esperaba recibir… y nunca me había detenido a escuchar esa voz interna que pedía ser atendida.

En el silencio descubrí que gran parte de mi herida venía de no reconocerme. De no saber poner nombre a lo que sentía. De vivir desde la inercia y no desde la verdad. Y ahí, en esos instantes donde nadie más hablaba, comencé a poner palabras a lo que antes era solo ruido y confusión.

Descubrí que no era tan frágil como pensaba, que aunque me doliera, podía sostenerme. Que no necesitaba respuestas inmediatas ni certezas absolutas. Que podía estar conmigo sin huir, aunque a veces me incomodara.

El silencio se convirtió en espejo: me mostró mis fallos, pero también mis avances; mis pérdidas, pero también mi fuerza; mis cicatrices, pero también las ganas de seguir adelante.

Hoy lo entiendo así:

el silencio no es ausencia, es espacio.

Espacio para sanar, para comprender y para crecer.

Donde antes solo había ruido y desgarro, hoy empieza a haber un leve murmullo de calma.

Continuará…

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Una respuesta a “935. Lo que descubrí en el silencio”

  1. Avatar de Cruzar La Noche

    hay que saber escuchar al silencio…

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